COLUMNA DE PADRES


Negocio familiar


Por Revista Nueva.


Martín no acepta un “no” y siempre quiere hacer lo que se le antoja: ir solo al club, juntarse los fines de semana con sus amigos, ir a bailar y volver solo, que le demos una mensualidad (y que se la aumentemos todos los meses)… Y la sensación es que se está abusando de nosotros. A su habitación ya no se puede entrar por la cantidad de ropa y cosas que hay tiradas, y las notas del colegio están cada vez peor. Siguiendo el consejo de una amiga, intenté “negociar” con él diciéndole que si ordenaba su habitación (al menos) una vez por semana, los viernes le dábamos dinero para salir; que si colaboraba poniendo la mesa, lo dejábamos ir solo al club, y que si mejoraba las notas en el colegio, lo dejaríamos ir a bailar los fines de semana. La negociación fue un éxito: a todo nos dijo que sí. Con Romi nos sentíamos orgullosos de haber controlado la situación. Llegó el viernes y cuando entré a casa no solo me sorprendió el silencio que reinaba, sino el hecho de no encontrar un vaso para servirme agua ni un paquete de galletitas en la alacena. La docena de vasos sucios desparramados por la habitación de Martín me confirmó que no había cumplido con su promesa. De repente, su cama se convirtió en una montaña movediza, la ropa empezó a deslizarse por su colchón y debajo de todo apareció él desperezándose como si se levantara de una siesta en la playa. Conté hasta cien y le dije que había faltado a su palabra. Pero Martín es inteligente y me da vuelta como una media: me contestó que no había podido ordenar porque había estado estudiando y que el sábado a primera hora enmendaría su error... 

El sábado durmió hasta el mediodía, se levantó hecho un zombi, comió y a la media hora se fue con sus amigos. Me sentí estafado. Romi, investigando sobre el tema, me leyó un texto interesante, publicado por María Elena López, psicóloga especializada en familia, en donde decía que cada vez son más los padres que tienen miedo de reprimir a sus hijos y creen que es mejor permitirles que hagan lo que desean, tratando de evitar que sufran.?Otro pasaje del artículo señalaba:?“Estas actitudes están motivadas por diversos factores, como ver a sus hijos como su único proyecto de vida; o porque ellos mismos sufrieron la opresión en sus casas y no desean que se repita esa experiencia. En consecuencia, se les vuelve imposible decirles ‘no’. Aunque es importante que los hijos puedan expresarse con libertad, necesitan saber que deben cumplir con las reglas que ponen sus padres. No establecer límites que los orienten lleva a que los hijos se descontrolen y terminen angustiados sin saber qué es lo que se espera de ellos. Los hijos necesitan la guía de un adulto seguro, que pueda poner límites y ser permisivo cuando se requiera. La idea es lograr un equilibrio: transmitir los límites, enseñar lo permitido, corregir de manera constructiva las conductas inadecuadas, mostrarles las consecuencias de sus actos, evitar los castigos, dar autonomía y reconocer los éxitos para hacerlos sentir capaces”.
Con Romi llegamos a la conclusión de que nos cuestan los límites porque no queremos repetir la crianza que recibimos y que tenemos que encontrar nuestro propio estilo.?Nos va a llevar tiempo, pero en eso estamos. Finalmente, le dijimos a Martín que lo dejábamos ir a bailar, pero que lo íbamos a buscar. Él nos pidió que lo esperásemos a cinco cuadras; nosotros le dijimos que en la puerta; él nos contestó: “A tres”; nosotros: “A media cuadra”. Quedamos en una. Trato hecho. Todos contentos. Negocio encaminado.

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