COLUMNA DE NOEMÍ


Veni, acercate


Por Noemí Carrizo.



“Vení… charlemos, sentate un poco. / La humanidad se viene encima. / Ya no podemos, hermano loco, / buscar a Dios por las esquinas. / Se lo llevaron, lo secuestraron / y nadie paga su rescate. / Vení que afuera está el turbión / de tanta gente sin piedad, / de tanto ser sin corazón”. “A un semejante”, de Eladia Blázquez, es un tema que nos traduce con su honda filosofía. Y aprendemos, día a día, el valor de un gesto, una palabra, una mirada, un silencio, una espera, una atención, un asentimiento, una sonrisa. A veces, basta con respirar hondo y oír al que pretende ser un contrincante, poniéndonos en su lugar, en su piel, en su corazonada y hasta en su furor, en esa empatía tan difícil de alcanzar sin esforzarse, en ese movimiento de cuerpo y alma para comprender hasta lo que resulta dificultoso, injusto, falaz, absurdo. 

Cada vocablo pronunciado tiene un valor fatal. “No, si yo trato de entenderte” no es una frase apaciguadora. Ningún enunciado que comience con un adverbio de negación predispone de buen ánimo al que escucha. Los neurólogos afirman que cuando se oye la palabra no al comienzo de un diálogo, el cerebro empieza a liberar cortisol, la hormona del estrés y la que nos pone en alerta; y cuando escuchamos un sí, se activa una liberación de dopamina, la hormona de la recompensa y el bienestar. Es imposible que el otro se nos acerque si no estamos dispuestos a comprender su drama (¿qué ser humano no lo tiene?), a aceptar su pasión y sus desvelos, sus errores y desengaños. 

Cuando un amigo decidió probar sus aptitudes actorales en el Actors Studio de Nueva York, su madre le dijo solo una palabra en forma de interrogante: “¿Aguantarás?”. Por supuesto, su sueño no pudo cumplirse. Es una faena feroz, que requiere de una voluntad casi heroica, contar hasta cien antes de vociferar improperios, cuando nos aturde un enojo. Confieso que me lo digo a mí misma y no termino de asfixiar mis iras no asiduas pero repentinas, justificadas o no. Somos humanos; por lo tanto, jamás imparciales: nuestra crítica estará siempre teñida de un significado personal. ¿Y qué tal callar? No olvidemos que los ríos más profundos suelen ser los más silenciosos. Hay una frase de José Saramago que ilustra sobre la comunicación efectiva: “He aprendido a no tratar de convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto. Es un intento de colonización del otro”.  

En una escuela colocaron dos frascos con arroz cocido tapados. Durante dos meses, los alumnos debían referirse a uno de ellos con amor; al otro, con desprecio. Transcurrido el tiempo estipulado, el arroz que recibió buenas palabras estaba blanco como el primer día. ¿El otro? Negro y con mala apariencia. Además, tiene que ver el tono de voz, que si es suave, alivia toda ofensa. Se dice que somos las hojas de un árbol y el árbol es toda la humanidad: no podemos vivir los unos sin los otros, sin el árbol. También la palabra escrita va perdiendo su trascendencia. Ernesto Sabato había advertido en 1999: “Lamentablemente, en estos tiempos en que se ha perdido el valor de la palabra, también el arte se ha prostituido, y la escritura se ha reducido a un acto similar al de imprimir papel moneda”. Los griegos aseguraban que es la marca de una mente educada ser capaz de entender un pensamiento sin aceptarlo. Y el filósofo epicúreo Epícteto fue terminante: “Que cada uno de tus actos, palabras y pensamientos sean los de un hombre que, acaso, en ese instante, haya de abandonar la vida”.

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