Curiosidades


Una puerta a la ficción


Por Daniela Calabró.


El 3 de septiembre de 1926, el auto de Agatha Christie fue encontrado junto a un acantilado, con su abrigo y su carnet de conducir en el interior. Toda Inglaterra puso manos a la obra para hallarla: acaso fue una de las búsquedas más espectaculares que llevó a cabo la policía metropolitana local, popularmente conocida como Scotland Yard. Once días después, un músico que trabajaba en el hotel Swan Hydropathic, en la ciudad de Harrogate, la identificó entre los huéspedes. La reina de las novelas de misterio, que había estado disfrutando de las fiestas, los baños termales y los lujos de esta residencia selecta para la alta sociedad, adujo haber perdido la memoria. No sabía quién era ni qué hacía allí; sin embargo, curiosamente, el falso apellido con el que se había registrado era Neele… el de la amante de su marido. 

“Los hoteles, como los libros o como la ficción en general, ayudan a que en nosotros se dispare la ilusión de aventura y de libertad: la ilusión de diversas vidas posibles”, desliza el escritor y antologista Eduardo Berti. Por lo tanto, no es de extrañar que estos lugares hayan sido el escenario fértil en ficciones de todos los tiempos y el espacio favorito de grandes escritores al entregarse a sus musas. 
Agatha Christie no fue la única en protagonizar un episodio policíaco (Oscar Wilde fue detenido en el Cadogan de Londres), ni en romper la rutina huyendo a un aposento que no era el propio: el dramaturgo Arthur Miller vivió seis años en el Chelsea Hotel de Nueva York, y Ernest Hemingway contó más de un calendario en habitaciones rentadas. Precisamente, la 217 del Hotel La Perla, en Pamplona, fue una de sus predilectas (a la fecha se mantiene intacta a modo de homenaje), y residió siete años en el hostal Ambos Mundos de La Habana, en donde gestó Por quién doblan las campanas. Si bien el novelista norteamericano se enamoró profundamente de Cuba (dicen que hasta se compró una propiedad y entabló amistad con Fidel Castro), unas líneas que escribió de puño y letra confiesan cuál fue el parador de sus amores: “Cuando sueño con el más allá, con el paraíso, la escena se desarrolla en el Ritz de París”. Si de fantasear se trata, no habría sido raro que se topara por algún pasillo con Marcel Proust, otro huésped de honor del emblemático alojamiento parisino. 

Entre los literatos que vivieron en hoteles, uno de los casos más peculiares es el del egipcio Albert Cossery, quien pasó más de sesenta años en la misma habitación del Louisiane, en la capital francesa. “Vivir en un hotel fue, a su juicio, lo que lo mantuvo longevo y le permitió sobrepasar los 90 años”, afirma Berti.

Fronteras adentro de nuestro país, Jorge Luis Borges sintió un apego particular por una residencia turística. Según cuenta el editor y periodista literario Christian Kupchik en el blog Derivas literarias, de Eterna Cadencia, era recurrente en el autor de El Aleph la mención de Las Delicias, una hostería de Adrogué en donde, de pequeño, se instalaba durante las vacaciones. “Quizá fue allí, en el jardín del vetusto hotel al que se arribaba al cabo de cuatro horas de tren, viendo arrobado las estatuas de terracota que representaban las estaciones, donde se inoculó su amor por lo fantástico”, narra Kupchik. Y prosigue: “Borges repitió el rito siempre que pudo con Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. Ella le prometió, igualmente encantada por las figuras de barro, que algún día las compraría. Y si no las robaría, pese a la guardia feroz de los fantasmáticos perros vagabundos de la zona”.
No todos los autores que pasaron temporadas en un hotel lo trasladaron a su obra; Borges sí lo hizo: “En cualquier parte del mundo en que me encuentre, cuando siento el olor de los eucaliptos estoy en Adrogué. (...) Estatuas de tan mal gusto que ya resultaban lindas, una falsa ruina, una cancha de tenis. Y luego, en ese mismo hotel Las Delicias, un gran salón de espejos. Sin duda me miré en aquellos espejos infinitos. Muchos argumentos, muchas escenas, muchos poemas que he imaginado, nacieron en Adrogué”, dejó escrito entre las poesías del libro que publicó en 1977 con el nombre del barrio del sur. 

Refugios de literatura
Pip era un niño pobre, aprendiz de herrero, a quien el amor por una muchacha lo hizo emprender el camino de convertirse en caballero. En sus días en Londres se alojaría en el Hotel Hummus, de Covent Garden, y pasaría una noche de insomnio cargada de revelaciones. Al igual que este personaje, producto de la mente de Charles Dickens en Grandes esperanzas –una de sus novelas más inolvidables–, otro sinfín de sujetos moldeados por plumas prodigas pasaron por habitaciones de alquiler alrededor del planeta. 

“El hotel se plantea como encrucijada, cruce de distancias entre el exterior y el interior. Una puerta giratoria, una llave y el misterio al otro lado de la pared vecina abren una serie de intrigas de las que ningún escritor puede sustraerse”,  sentencia Kupchik. Berti, quien recopiló en la antología Vidas de hotel textos que van de Chéjov a Cortázar o de Piglia a Scott Fitzgerald, y cuyo denominador es la ineludible presencia de hoteles entreverados en sus tramas, coincide y agrega: “Los hoteles pueden aparecer como refugio o escondite, como sitio para un negocio, como escenario de una noche de pesadilla o como el lugar donde ocurre un imborrable encuentro amoroso. Pienso en historias contadas desde el punto de vista del viajero, del hotelero, del empleado del hotel o del que va al hotel a visitar al viajero”. 

La era de esplendor de la hotelería comenzó en el siglo XVII, y ya desde entonces estuvo ligada a la literatura. En 1866, Fiódor Dostoyevski escribió su novela El jugador, la cual acontece en gran medida dentro de un hotel que, en sus propias palabras, “es el mejor, el más caro y el más aristocrático de Ruletenburg”. “Desde el Hotel Savoy de Joseph Roth hasta el Hotel du Lac de Anita Brookner, innumerables cuentos y novelas transcurren en hoteles, ya sean reales, como el Pera Palace de Estambul, construido especialmente para los pasajeros del Orient Express y al que Marcel Proust se refiere en su En busca del tiempo perdido, o imaginarios, como el Grand Babylon Hotel de Arnold Bennett”, dice Berti. 

El teatro y el cine también se nutrieron de la versatilidad de estos reductos. El malentendido, de Albert Camus, o En un bar de un hotel de Tokio, de Tennessee Williams, son apenas dos muestras de cómo la hotelería desembarcó sobre las tablas. En la pantalla grande, no hace falta transportarse tanto al pasado: a esta movida se sumaron Cuatro habitaciones (de Quentin Tarantino), El Gran Hotel Budapest y una representante del universo animado: Hotel Transilvanya. 

Si faltaba un rubro que pudiera nutrirse del vínculo exitoso entre la hotelería y la literatura, es el turismo. Hoy se pueden desandar, aquí y allá, las huellas de escritores de renombre. Este es el caso del que fuera el parisino Hotel d’Alsace, donde murió Oscar Wilde. En la actualidad, renovado y rebautizado L’Hotel, su bar es una biblioteca que atesora las obras del irlandés, y las paredes de la que fue su habitación están decoradas con su correspondencia. 
Al gran Dostoyevski le rinden tributo en el Hotel Radisson Sonya, en San Petersburgo, inspirándose en la novela Crimen y castigo: el nombre coincide con el de uno de los personajes de la historia, y en sus alfombras se ven pasajes del texto. En Nueva York sucede algo similar en el Hotel Plaza, en donde una habitación de lujo venera a F. Scott Fitzgerald, quien pasaba largas estancias allí. La decoración está inspirada en los años dorados del jazz y en una de las obras más reconocidas del autor: El gran Gatsby.

Y si volvemos a Rusia, en Moscú es interesante visitar al hotel Metropol, el cual fue mucho más que el sitio elegido por Lenin para dar sus discursos: se convirtió en la sede del Congreso Internacional de Escritores y sus recintos fueron testigos de debates protagonizados por Pierre Drieu la Rochelle, George Orwell, Paul Nizan, Pablo Neruda, Jean-Paul Sartre y Boris Pasternak, entre otros.

“Es posible que la edad de oro de las novelas haya terminado, así como la de los hoteles parece quedar atrás con la llegada de nuevas prácticas turísticas. Sin embargo, alojarse en una habitación que no es la propia, en una ciudad extranjera, con ilusiones y temores, se parece a sentarse a leer una novela”, compara Berti. Y concluye: “Me gusta pensar que la ficción y los hoteles tienen varios puntos en común: que nos sacan de ciertos convencionalismos, de cierta idea de normalidad que suele ser peligrosa si uno la acepta con los brazos cruzados. Sea en el modelo del hotel tradicional, en la era de Airbnb o en los canjes de viviendas, hay que algo que perdura y que hace que el viajar y la ficción cumplan un papel parecido: el de ponernos en contacto con otras realidades”.

Mito en Nueva York
En el número 23 de la calle West, en la Gran Manzana, el Chelsea Hotel tuvo varios condimentos para transformarse en un sitio de culto. Por fuera del dato de que allí se hospedaron los sobre-vivientes del Titanic o de que era el alojamiento predilecto de Jimi Hendrix y Janice Joplin, varios escritores pasaron por sus habitaciones: vio desfilar a literatos de pura cepa, como Mark Twain, Thomas Wolfe, William Sydney Porter, Dylan Thomas, Jack Kerouac o Vladimir Nabokov. A pesar de ser un símbolo de la bohemia neoyorquina, cayó en decadencia poco a poco hasta que fue desmantelado en el año 2011. Hace unos meses, se subastaron las puertas de sus habitaciones. 

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte