Espectáculos


Había otra vez...


Por Tamara Smerling.


La música clásica, el ballet o la ópera se presentan, la mayor parte de las veces, como géneros solemnes, un poco aburridos, acartonados, de escenarios con cortinado excesivo y en grandes teatros. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, son numerosas las propuestas que intentan descontracturar ciertos espacios vedados para niños, niñas, jóvenes y adolescentes. Una buena muestra de estos cambios llegó de la mano de diferentes directores, productores y coreógrafos que se animaron a nuevas versiones de La bella durmiente, de Piotr Ilitch Tchaikovsky, o El barbero de Sevilla, con música de Gioacchino Rossini. Los escenarios elegidos tampoco son tan clásicos –como el Teatro Colón o el Nacional Cervantes–, y ganan fuerza espacios menos convencionales incluso para este tipo de apuestas, como la Ciudad Cultural Konex o la Usina del Arte, en el barrio de La Boca. 

“El ciclo Vamos al Ballet, en el Konex, trata de acercar a los chicos a la ópera, a la música, al ballet, incluso al tango, y de una manera no tan sofisticada, sino sencilla y explicativa; o sea, muy didáctica. Se explican los instrumentos, los pasos de baile o las piezas de una ópera”, describe Juan Lavanga, que dirigió en las últimas vacaciones de invierno La bella durmiente, con coreografía de Leonardo Reale, a cargo del Ballet Metropolitano de Buenos Aires.
Lavanga es un obsesivo por captar nuevos espectadores en la música clásica, el ballet y la ópera, ya que está convencido de que la visualización de estos espectáculos puede despertar la vocación de futuros músicos, cantantes, bailarines, coreógrafos: “Es necesario promover la música en general. Creo que es básico tener un conocimiento de los clásicos para poder disfrutar de lo popular, más allá de que después elijan un género u otro. El ballet es un arte que los nutre de una manera general: conlleva la música, la pantomima teatral y el período histórico de determinada obra. Todo esto forma parte de la educación de los chicos. El espectáculo busca lograr eso: generar curiosidades, descubrir cosas, llegar a la literatura a través de él”.  

Por su parte, María Jaunarena, directora de El barbero de Sevilla, asegura: “Los niños demandan acción y trama teatral, buenas actuaciones, buena música, diversión. Es uno de los públicos más exigentes porque no tiene filtro. Es espontáneo, sincero, aplaude cuando quiere, se ríe cuando algo le causa gracia de verdad, y se quiere ir cuando se aburre (lo logra en la mayoría de los casos). Por lo tanto, merece el máximo de los respetos. Todo espectáculo debe tener la capacidad de generar una pregunta en el espectador, debe interpelarlo. Es maravilloso ver a los niños salir tarareando una melodía que fue escrita doscientos años atrás”.

El proceso de adaptación de las obras clásicas requiere un tiempo largo. Uno de los trabajos más maravillosos que se pudo ver en 2017 fue Alicia en el país de las maravillas, con puesta de Alejandro Cervera (el lugar elegido fue el Teatro Colón, donde también subieron a escena propuestas como Música a la Rossini, un laboratorio interactivo que ofreció la posibilidad de conocer y tocar los instrumentos de una orquesta sinfónica). “Por ejemplo, la adaptación de esta versión de El barbero de Sevilla al español, y para chicos, significó un triple desafío. En primer lugar, traducir la obra intentando ser fiel a su espíritu. En segundo término, hacerlo sin dejar de lado el lenguaje actual de los chicos. Y, por último, lograr que todo ese texto rimara y se ajustara con la métrica musical. Parece y es un trabajo difícil, pero, a la vez, es simple e intuitivo”, narra Jaunarena.

Desde hace ocho años que la Fundación Konex le encargó a Lavanga los proyectos de ballet para chicos. En cuanto a esta tarea, opina: “Los procesos para cada producción no solo implican los ensayos del cuerpo de baile, sino la adaptación de la obra. Un ballet que en un teatro tradicional puede durar tres o cuatro horas se debe extractar en una hora y media, ya que es lo que resiste la atención del chico. Además de lo musical, se adapta el guión con una orientación psicológica: no olvidemos que obras como Coppelia, basada en el libro El hombre de arena, son terribles, porque siempre está la idea de la ‘muerte’ rondando. Todo eso hay que transformarlo sin desvirtuarlo ni cambiarlo. Por otra parte, se busca un vestuario muy brillante que atraiga y que sea lujoso. Esto incluye el trabajo escenográfico y de iluminación, y el mapping que los visualistas realizan de una manera superlativa con pantallas led. Hoy en día la tecnología debe estar en el escenario, ya que el chico la domina y la maneja más que un adulto”. 

Como género, la ópera logra dialogar con los chicos, y un ejemplo claro de ello es la versión de Jaunarena de El barbero de Sevilla. La directora profundiza al respecto: “El diálogo con ellos es perfectamente posible gracias a una partitura original descomunal y una adaptación que privilegia el humor por sobre todas las herramientas. Los temas que trata son universales y son capaces de sobrevivir al tiempo. La obra, a pesar de haber sido escrita hace tantos años y pensada para un público adulto, resume en su adaptación temas que los chicos conocen y que los interpelan: la conquista de la libertad, el no animarse a decir la verdad, la vergüenza, la timidez frente a la persona que nos interesa, y el gran tema de la ‘inútil precaución’, que es el subtítulo de la obra, que tiene que ver con el hecho de que por más prevenciones que uno pueda tomar para que algo no ocurra, si debe ocurrir, va a ocurrir, como en el terreno del amor”.

De la butaca al Estado
Fuera de Buenos Aires, en la misma ciudad en la que el maestro Cristian Hernández Larguía fundó el Pro Música de Rosario –un ensamble vocal e instrumental dedicado a la música antigua, que dirigió desde 1962 hasta su muerte, en 2016–, en el teatro El Círculo, Claudia Sabatini creó el ciclo “Hoy Tenemos Función”, un programa destinado a los chicos de los jardines de infantes, primarias y secundarias, y que abarca desde ballet y teatro de texto hasta comedias musicales y óperas. “Empezamos hace seis años para evaluar el ida y vuelta con los docentes de las escuelas secundarias de Rosario –revela Sabatini–. La respuesta no tardó en llegar: el Estudio de Comedias Musicales del teatro, dirigido por Nora y Luciana González Possi, cubre gran parte de la propuesta. Se presentaron versiones de obras clásicas como Romeo y Julieta, Robin Hood y Peter Pan. Falta poco para estrenar una nueva adaptación: Las brujas de Salem”. 

En teatro de texto también realizaron adaptaciones de Sueño de una noche de verano y La casa de Bernarda Alba, bajo la dirección de Gonzalo Catalani, o Bodas de sangre, por José Luis Jaimes, y en ballet subió a escena Cascanueces y hará lo propio La Bella Durmiente, a cargo de su escuela local y solistas del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. En cuanto a óperas, hicieron Carmen, Otello, Nabucco y El elixir de amor, entre otras, bajo la mirada de Marcelo Aronna, que además es el administrador y coordinador del género en ese teatro. “Nos sigue sorprendiendo la atención, el respeto, la admiración y el entusiasmo de los alumnos desde que entran a la gran sala y durante el transcurso de cada una de nuestras propuestas, que abarcan desde los más pequeños hasta el último año del secundario”, acota Sabatini.

En Ciudad Cultural Konex, el ciclo que coordina Lavanga llevó adelante las puestas de El Cascanueces y las Princesas Encantadas, luego El Cascanueces y el Rey de los Ratones y, más tarde, Pinocho. Un tiempo después continuaron con la saga El Lago de los Cisnes y las Princesas Encantadas y, a finales de 2017, La Bella Durmiente y las Hadas Encantadas. Para 2019 y 2020 planean dos títulos que todavía no dan a conocer. Las expectativas o recepción del público, en su mayoría niños que quizá no hayan tenido previamente contacto con estos géneros, es extraordinaria. “Hemos realizado funciones para comedores o grupos que provenían de diferentes ámbitos, donde no tienen acceso a este tipo de espectáculos, y observamos que el chico resulta ser un espectador ‘abierto’, sin pruritos. No es como el adulto que dice: ‘No veo ópera porque no entiendo’. El chico va y si le gusta, lo toma, y si no, lo rechaza –explica Lavanga–. Está en nosotros seducirlos mediante nuestros recursos, apelando a la fantasía, el color, la tecnología y la música. Lo importante es que vean el espectáculo en forma directa: luego se producirá, o no, el encantamiento por lo que están viendo”.  

Lavanga también considera que el Estado debe promover este tipo de espectáculos para la formación de nuevos públicos. “De forma privada, los colegios organizan salidas a determinadas excursiones culturales, pero lo valioso es que lo brinde el Estado, para todos, sin excepción. Formar espectadores en el arte es educar, no solo en lo clásico, sino también en lo popular. Hace años me invitaron a la Casa Central de la Cultura Popular de la villa 21-24, donde hay un grupo maravilloso de maestros de teatro para chicos. La parte de ballet está a cargo de Maricel de Mitri, primera bailarina del Teatro Colón, y hacen una tarea fabulosa de inclusión, enseñando bailes populares, bachata, murga, danza clásica. Me deslumbró ese trabajo. Eso es lo que se debe hacer. El arte saca al chico de la calle, lo forma, lo educa, le da disciplina. Así, no vamos a tener ni delincuencia, ni alcohol, ni drogas. Eso está muy comprobado, siempre y cuando el Estado cumpla un rol importante”, concluye Lavanga.

Sentir y escuchar
La vuelta al mundo en un violín, dirigido por Sergio Feferovich, subirá a escena en octubre en la Usina del Arte?(CABA). Es uno de los espectáculos más antiguos en el arte de versionar clásicos para los más pequeños. El puntapié inicial fue en 1999, cuando Feferovich comenzó a realizar conciertos didácticos para niños muy humildes en el municipio donde trabajaba. Con la orquesta de cuerdas La vuelta al mundo... busca romper con cierta solemnidad, y presentar su propuesta con juegos y narraciones sobre lo que le pasó a cada compositor al escribir su obra, cómo fue el contexto en el que la compuso y cuál es la consecuencia o incidencia que tuvo sobre su música. 

La narración de este espectáculo tuvo como asesora pedagógica a Gabriela Miasnik, y su mayor virtud es intentar demostrar que la música clásica no es “buena pero aburrida”, ni se necesita “entender”: solo hace falta “sentir” cuando se escucha. “Los chicos participan activamente durante la función, ya sea aplaudiendo al compás de una obra rítmica o subiendo al escenario como ‘directores invitados’ –describe Feferovich–. La sensibilidad y el disfrute del arte musical es común en todos los chicos, aunque desafortunadamente solo algunos de ellos son estimulados en ese sentido”.

Derribando barreras
El barbero de Sevilla surgió como parte del programa de Formación de Audiencia de Juventus Lyrica. Allí promueven la participación de los más jóvenes en el género lírico. “Se les ofrece a las escuelas la posibilidad de compartir una experiencia estética y musical. Los alumnos involucrados son invitados a una función exclusiva, y los docentes reciben material didáctico sobre la obra para que puedan profundizar en clase lo vivido en el teatro. La actividad ayuda a derribar las barreras con la música clásica, para permitir que audiencias de todas las edades comiencen a disfrutar de las más grandes obras del repertorio operístico universal”, resume María Jaunarena. El carácter innovador del proyecto se refuerza porque los responsables de iniciar a los más jóvenes en este universo son también jóvenes. Esto produce una empatía natural con lo que está sucediendo en el escenario, eliminando los prejuicios tradicionalmente asociados al género.

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Fotos:?gentileza entrevistados.  

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