Curiosidades


Mundo Arcade


Por Juan Martínez.


Es de noche y en este rincón de Buenos Aires las calles son lúgubres, silenciosas. Una puerta de chapa es el umbral que hay que cruzar para entrar  a una máquina del tiempo. Un largo pasillo es el túnel en el que retrocedemos décadas hasta la habitación donde dos largas hileras de arcades nos dan la bienvenida a este oasis ochentoso en medio de la frenética ciudad. 

El Arcade Club Social desafía aquella máxima que nos advierte que no hay que regresar al lugar donde uno fue feliz, y nos transporta a una infancia de “fichines”. Esa infancia puede ser propia o prestada, ya que la nostalgia invade hasta a quienes no transitaron la era donde el Pac-Man era amo y señor. Como sucede con la música, las series, la indumentaria y tantas otras cosas más, propios y extraños se sienten seducidos tanto por su estética como por su tecnología. En el club se mezclan treintañeros y cuarentones que rememoran en esas imágenes de ocho bits los niños que supieron ser. 

La oscuridad es interrumpida por las pantallas de los juegos y las luces de neón que recuerdan el nombre del lugar sobre una pared. Entre las dos filas de máquinas, hay mesas y sillas que poco a poco se van ocupando. Definitivamente, nadie ingresó aquí por obra y gracia del azar: Arcade Club Social no promociona su dirección ni tiene un distintivo en su fachada. Acoge solo a aquellos que ya tienen el dato de lo que hay adentro.

Las que comandan y empujan este universo son dos amigas, Emi Mihovilcevic y Anita Etcheto. La primera jugaba a los “fichines” en Carmen de Areco; la segunda hacía lo propio en la costera Claromecó. Ambas quisieron resucitar esa atmósfera con algunos títulos que solo tienen sentido en una máquina como estas. “Hay un consumo nostálgico de algo que pasó hace veinte años. Te volvés a encontrar con la consola que tenías en tu casa, que ahora es la de tus padres”, resume Etcheto. Mihovilcevic completa: “El consumo nostálgico nos golpea a todos, hayamos vivido o no esa época. Es como el boom de los vinilos o los casetes. El que se los compra es quizás un chico de 15 años que nunca supo lo que era un vinilo. Hay un revival de todo eso, y es un movimiento que genera bastante atracción”.

–También se trata de la cuestión de sociabilizar, ¿no es cierto?
–Etcheto: En el arcade se juega a la par. Las consolas implican un acto  mucho más solitario. Por el contrario, estás jugando al Wonderboy, ves que hay alguien mirándote y te ponés a conversar sobre los trucos. 
 
Es difícil describir a quienes frecuentan el Arcade Club Social: allí convive lo nerd con lo trash. Pero esa indefinición es adrede, ya que, al no fomentar la comunicación en redes, el público no se “targetizó”. Hay una invitación autoimpuesta, inclusiva: puede asistir todo aquel que quiera hacerlo. “Quizás influya que seamos dos chicas las que estamos al frente de esta movida. Es como que se arma otra dinámica y todos son muy respetuosos. Que no sea un local a calle te da otra cercanía: abrís y te saludan con un beso. Es un clima más intimista”, comenta Mihovilcevic.

–El ámbito de los videojuegos es predominantemente masculino. ¿Tuvieron inconvenientes con eso?
–Mihovilcevic: No, pero hasta nos preguntaron: “¿Cuándo viene el dueño?”. No nos creen que no haya un hombre detrás de todo esto. 
–Etcheto: Siempre están intentando explicarnos algo. Se puede hacer la lectura de que los hombres se sienten con el espacio para poder dar su parecer. Las mujeres son más reservadas respecto a decirte algo. Trabajamos en publicidad, así que estamos acostumbradas a que todo esté regido por los hombres, y a escuchar permanentemente opiniones que no pediste.
–Mihovilcevic: Queríamos desmitificar eso de que el mundo del gaming es pura y exclusivamente “propiedad” de los varones. Aquí las chicas juegan al Mortal Kombat y al Street Fighter. Aunque más de uno nunca se lo habría imaginado...
Entre la pasión y el oficio
El Arcade Club Social dio su puntapié inicial un jueves, con amigos que ambas tienen en común. Ese mismo sábado, más de cien personas tocaban el timbre para despuntar el vicio por un buen rato. Ese éxito de convocatoria las llevó a generar un selecto grupo de habitués, que recibieron carnets de socios, además de poder asegurarse la disponibilidad de máquinas.

El look y la decoración vintage no solo atrae a los players: allí se celebró incluso un casamiento, se filmaron escenas para la serie televisiva El lobista, y se grabaron tomas para el videoclip de “Lechiguana”, la canción del músico, escritor y artista visual uruguayo Daniel Umpiérrez, apodado Dani Umpi.
Fanático o no, es imposible no tentarse con una partida en el pinball de la película Arma mortal, o en las maquinitas del Tetris, Snowball, Michael Jackson’s Moonwalker, Puzzle Bubble, Galaga o Alien 3. En una habitación contigua a la sala principal, descansan otras tantas placas esperando su turno. Los clientes van rotando a medida que se aburren. Por suerte, la rotación funciona a la perfección.

–¿Fue sencillo conseguir la mayoría de estas máquinas?  
–Mihovilcevic: Lo primero que hicimos, lógicamente, fue acordarnos de a qué jugábamos cuando éramos chicas, cuáles eran los títulos que nos gustaban. Obvio, caímos en los clásicos. Armamos una lista con los quince juegos que nos gustaría tener. A partir de allí, empezamos a rastrearlos en Internet, anotándonos en eventos afines, etc.
–Etcheto: Nos entrevistamos con coleccionistas, personas que conservaron las máquinas en sus casas o garajes…  La búsqueda fue una muy linda aventura para nosotras.

–¿Se quedaron con las ganas de adquirir algo en especial?
–Etcheto: Hay algunos muy interesantes que todavía no tenemos, como el Frogger o el Asteroid. O más de aviones. Preferimos los formatos que puedan jugarse de a dos.
–Mihovilcevic: Nos metimos de lleno en la categoría de arcades de este estilo. Podríamos optar por simuladores de manejo, de disparos, pero no. Tuvimos un Outrunner, en el que podés cambiar la música del estéreo y conducir un convertible con una rubia al lado. De hecho, fue el primero que compramos, pero no pasó por la puerta, así que quedó en el garaje del papá de Anita... Una locura.

–¿Y si una máquina se rompe?
–Mihovilcevic: Contamos con varios técnicos. Es más, algunos de ellos fueron los que nos vendieron los juegos. 
–Etcheto: En los ochenta, tenían veinticinco años o más. Realmente son los únicos que dominan este campo. Se trata de una tecnología muy particular. Ellos supieron aprender observando a otras personas.
–Mihovilcevic: Siempre tenemos la duda de si le están enseñando o transmitiendo ese conocimiento a alguien. ¿Quién va a continuar con eso? 

–¿Cómo sigue la historia del club?
–Etcheto: Para nosotras es un compromiso. No lo vivimos como un trabajo. Nos planteamos encabezar una propuesta distinta, e insistiremos con ella mientras nos divierta.

Algo más que fichines
La cultura pop tiene un amplio lugar en Arcade Club Social. Junto a desarrolladores, programadores e ilustradores, Emi Mihovilcevic y Anita Etcheto organizan actividades dentro y fuera del ámbito de los videojuegos. A lo largo del año, se llevan a cabo charlas, debates, disertaciones y ciclos de cine en VHS.

Fotos: Constanza Niscovolos.

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