COLUMNA DE NOEMÍ


Abuso de confianza


Por Noemí Carrizo.


Mi amiga Zulma acondicionó su casa para recibir a su hermana del alma que residía en Italia desde hacía cinco años. Festejos, videos y álbumes para festejar la llegada de su entrañable compañera de la infancia. Al pasar el mes de la estadía y luego de recibir a la gente querible de su invitada, se dio cuenta de que no había fecha de partida. Zulma se reincorporó a su trabajo, (había tomado licencia) y su huésped seguía encantada, servida y homenajeada en todo momento. Acá intervino un tío muy educado pero de temperamento vigoroso. La aludida se mostró sorprendida y hasta suponemos que se marchó un poco ofendida. Poner los puntos sobre las íes parece una acción de mal gusto pero, más bien, es una precaución con buenos réditos. Lo dijimos hasta el cansancio pero va una vez más: hay gente que confunde educación con debilidad. Y uno, por otra parte, cree que el resto del mundo actuará de acuerdo con los cánones de educación establecidos. No es así. Si llevás a alguien en el auto hasta el club un fin de semana, es probable que crea que será por los siglos de los siglos, amén… y no es así. Para nada. Siempre conviene tener una aclaración oportuna, que no roce, en lo posible, la mentira, que es deleznable: “Te pude alcanzar este mes ya que mis hijos están de vacaciones”. Y tal vez, hay que reiterarla. La gente descarada (¿es o se hace?) la distraída. A veces las mujeres padecemos este abuso de confianza con las empleadas hogareñas, las secretarias o ciertas especialistas en femeninas artes, con las que intercambiamos una que otra confidencia (¡están dentro de la intimidad de nuestros placares, ansias de belleza y hasta complejos!). Lo que resulta suele ser nefasto cuando nos sorprendemos con una frase imperativa y algo insolente de la colaboradora confidente. No conviene reaccionar con ira. Mejor reconocer que, como decían nuestras madres, “hemos dado lugar” e ir pensando en empezar de nuevo con otro personaje más previsor. A los hombres les pasa lo mismo, pero suelen ser más reservados. Los admiro ya que sufren menos y necesitan, a lo sumo, un confesor y solo de vez en cuando. Sabemos que el respeto salva cualquier tipo de relación: mantenerlo requiere cierto tesón. John Herschel nos advertía: “El respeto hacia uno mismo es la piedra angular de toda virtud”. Las manicuras, peluqueras y masajeadoras saben de sus clientas tal vez más que los seres íntimos. Hay una sensación de “me muestro débil con esta buena persona, que no me juzgará”. Pero ¡atención!, a quien confías tu secreto, entregas tu libertad. Shakespeare ya decía: “Ama a todos, confía en unos pocos, no le hagas mal a ninguno”. Y nos reiteramos, esta vez recordando a Arturo Pérez Reverte: “La única salvación posible estriba en dos palabras: educación y cultura”. Las mismas que nos permiten advertir cuándo debemos retirarnos de una casa, una reunión, un evento o una compañía. Las que nos advierten que llegar demasiado temprano o tarde a una reunión es desconsideración. Como dicen los filósofos, uno es dueño de su silencio pero esclavo de sus palabras. También de sus posturas, guiños, asombros, o de lo que no expresa pero demuestra… Mantener la cautela es ganarse el beneplácito ajeno.
Ya nos aleccionó el sabio romano Séneca: “El que es prudente es moderado; el que es moderado es constante; el que es constante es imperturbable; el que es imperturbable vive sin tristeza; el que vive sin tristeza es feliz; luego el prudente es feliz”.


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