COLUMNA DE PADRES


Basta de piñas


Por Revista Nueva.


Martín le pegó a un compañero de la escuela y nos citaron a una reunión con la directora y la mamá y el papá de Tomás, el chico que recibió la piña en el ojo derecho. Cuando leí la notificación tuve sensaciones encontradas. Por un lado, temor de lo que nos pudieran decir; por el otro, vergüenza frente a la mamá y el papá de Tomás; también, culpa, como si nosotros, aunque no haya sido así, le hubiéramos enseñado que la violencia es el camino para resolver problemas; e impotencia, por no haberme dado cuenta de que a mi hijo le pasaba algo. Pero la sensación más rara que tuve ­–y lo digo con un poco de culpa– fue la envidia, como si a través de esa piña yo pudiera reivindicarme. Él pudo demostrar frente a sus compañeros su masculinidad y fortaleza, algo que yo jamás pude hacer. En mi colegio, cuando mis compañeros se agarraban a trompadas, yo miraba a esos fortachones y me lamentaba de ser tan cobarde. Esos eran los que ganaban las pulseadas, los que metían los goles, los que escupían por la ventana del aula. Con vergüenza se lo comenté a Romi, y me dijo que a ella le generaba rechazo cuando veía a los varones pegarse en la escuela y que por eso me había elegido, porque yo no pegaba. Hablamos con Martín y, con sus típicos monosílabos, nos dijo que Tomás lo había molestado en la clase de Educación Física: le había dicho que con ese mechón de pelo azul iba a tener más éxito como modelo que como futbolista, que corría como una langosta y que tenía la velocidad de un teletubby. Martín le dijo “Cortala”, el otro no la “cortaba”, Martín se enojó, lo empujó contra el arco de fútbol y le dijo que si lo seguía molestando le iba a tener que pegar. Tomás se le rio en la cara y le dijo que con esas manos de princesa no le podía pegar ni a una mosca. Fue entonces cuando Martín le pegó. Le dejó el ojo violeta: la mamá de Tomás se encargó de mandarme una foto por WhatsApp para que viéramos el ojo en compota de su hijo. Martín dice que Tomás y su grupo de amigos lo cargan por sus buenas notas en Matemáticas y porque habla con las chicas en el recreo. Romi le preguntó por qué no nos había dicho nada y Martín contestó que no quería que fuéramos a la escuela a defenderlo y hacerlo quedar como un nene de jardín. Le pedimos un consejo a mi hermana Adriana, psicóloga, como para ir preparados a la reunión, y nos dijo que lo que le pasó a Martín es normal en chicos de su edad, aunque tenemos que ocuparnos del tema. Nos contó que según el Informe Mundial sobre la Violencia contra los niños y niñas, de las Naciones Unidas, los actos violentos en la escuela son un fenómeno mundial, y tienen lugar no solo en la escuela sino también camino a ella o en los clubes. Se cometen mediante una dinámica de poderes desiguales y a menudo son fruto de normas y estereotipos de género. Los varones son quienes más lo llevan a cabo y es más común que las chicas empleen violencia verbal o psicológica. Debemos estar atentos porque los adolescentes que experimentan este comportamiento suelen sufrir de depresión, soledad, ansiedad, baja autoestima y otras formas de angustia. Además, pueden bajar el rendimiento escolar y tener problemas de salud. Para ayudarlo a Martín, mi hermana nos aconsejó que le demostráramos que estamos de su lado y que esa reunión servirá para dialogar con los padres del otro chico y entre todos encontrar una solución. Ahora Martín está con la Play y no quiere interrumpir para hablar con nosotros, así que no me queda otra que recurrir al corte de luz y tener una charla con nuestro hijo a la luz de las velas.

Iniciamos una serie de columnas de opinión que abordarán los temas que preocupan a los padres en la actualidad. Podés mandarnos tus inquietudes y sugerencias a correo@nueva.com.ar 

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