Viaje


Vivir en el aire


Por Fernando López.


Tras recorrer ciento setenta kilómetros desde Madrid, unas dos horas de viaje, nos topamos con Cuenca, una vieja ciudad de Castilla la Mancha que supo conquistar las alturas y las piedras. Cuando entramos en ella es difícil no maravillarse o concentrarse en un solo aspecto de su fisonomía: los ojos se pierden en sus ruinas, sus casas de colores, sus rincones, y los oídos se acostumbran al silencio de sus calles hasta que solo se percibe el ruido de los propios pasos. Cuando nos alejamos hacia la periferia para vislumbrar el abismo que la rodea, esa paz es interrumpida por el canto de pájaros que se esconden en la abundante naturaleza, o que vuelan de arriba abajo para buscar el aire fresco cercano a los ríos que abrazan la ciudad (dos afluentes verdes que forman dos hoces: Hoz del Huécar y Hoz del Júcar).

Las Casas Colgadas, o las Casas del Rey, son verdaderos emblemas de Cuenca, construcciones sujetas a la roca que datan del siglo XIV y que permanecieron en el tiempo como mucha de la arquitectura de España. Los conquenses, tal el gentilicio de estos pagos, se preocupan por aclararnos que se trata de casas “colgadas” y no “colgantes” (como muchas veces decimos los foráneos). A la vez, nos advierten que antes se las denominaba “voladas”, y que –aunque eran muchas más– solo sobrevivieron cuatro que, por reestructuraciones que se hicieron en el siglo XX, lucen un tanto diferentes a las originales. Sin embargo, su mística continúa intacta. Fueron construidas en la era musulmana de Cuenca, cuando la ciudad se llamaba Qünka, y la leyenda reza que las usaba el regente árabe, aunque, en rigor, se conoce muy poco sobre ese período. Se sabe que pertenecieron a personajes de familias adineradas y de apellidos notables españoles: por ejemplo, a Ferrando de Madrid, a mediados del siglo XV, y al canónigo de la catedral de Cuenca, Gonzalo González de Cañamares, en el siglo XVI.

En 1926, un tal Isidoro Carralero le vendió las casas al Ayuntamiento de Cuenca, que pretendía instalar allí su sede, aunque no lo hizo. Lamentablemente, la comuna no se ocupó de mantenerlas como se merecían: fotos de los albores del siglo XX muestran las casas en un grave estado de abandono, a punto de desmoronarse. Años más tarde, una de las gestiones decidió recuperarlas y, ante la falta de presupuesto para hacerlo, vendió sus vigas de pino. Es que ese tipo de madera era muy codiciado en Cuenca, y los constructores no podían esperar a que los pinares del lugar crecieran al tamaño adecuado. La remodelación terminó en 1927 y desde esa fecha conservan sus fachadas. Para ese entonces, las casas ya eran muy famosas y fue cuando se popularizó el mote de “colgadas”.
Desde arriba sí se ve
La experiencia de verlas desde afuera, luego de atravesar la Plaza de Rondas, es tan emocionante como ingresar en ellas. Es factible adivinar sus perfiles desde la bajada lindera, de frente desde el Puente San Pablo o el convento del mismo nombre, aunque también desde abajo, desde la calle Canónigos, apreciando la roca en la que se asientan. Resulta inevitable que nos parezca que están a punto de arrojarse al precipicio pero, no, siguen firmes como hace cientos de años.

Desde el interior de las viviendas se puede distinguir el cerro del Socorro, que ostenta una gran estatua del Sagrado Corazón en su cúspide y desde donde se puede disfrutar la panorámica de toda la ciudad con sus casas amontonadas como piezas de dominó. Con seiscientos años sobre los hombros, poseen balcones de madera a modo de voladizos desde los que nos invadiría el vértigo de pies a cabeza. Eran (son) elementos que todavía de-safían la gravedad y que solían estar en las casas de la antigua Cuenca, pero que no se usaban para salir a tomar una bocanada, por ejemplo, por el simple hecho de que el clima es extremadamente frío durante nueve meses del año y muy caluroso en el verano. En realidad, se utilizaban como “fresqueras” durante todo el día en el invierno y las noches estivales: eran unas heladeras al aire libre para proteger los alimentos. El filósofo Miguel de Unamuno, que desensilló en la ciudad en 1931, escribió, asombrado, al descubrir las casas: “Cuelgan las viviendas de Cuenca sobre las hondonadas de los ríos, y es como si la ciudad fuese borbotón de los entresijos de la tierra ibérica; casas desentrañadas y entrañables que se asoman a la sima”.

Actualmente, uno puede transitar por las cuatro casas que fueron rediseñadas por dentro para conformar un solo edificio. De la antigua construcción quedan como testigos unos arcos y unas vigas en alguna de las plantas altas. Allí, hoy funciona el Museo de Arte Abstracto Español, fundado por Fernando Zóbel, un pintor abstracto que no solo exhibió su colección privada, sino que atrajo e invitó a amigos suyos para que expusiesen. Se inauguró en julio de 1966 y muchos de esos artistas se radicaron en Cuenca, donde repararon varias de las casas que estaban en pésimas condiciones. De hecho, esas restauraciones salvaron el casco antiguo de la ciudad.

Por otro lado, desde las ventanas de las casas se puede contemplar el puente de San Pablo, que cruza el río Huecar. Se inició en 1533 por encargo del religioso Juan del Pozo, y en un principio iba a ser de piedra, por lo que cimentarlo demoró varios años (hasta 1589). Como había que unir la zona de las Casas Colgadas con el convento de San Pablo, se suponía que debía elevarse a cuarenta metros de altura y extenderse poco más de cien metros de longitud. Tenía cinco arcos para sostenerlo: era una obra faraónica. Finalmente, el puente se derrumbó y con muchas de las piedras se realizó la ruta que bordea Cuenca. El cruce se volvió a construir en 1902, pero esta vez de hierro y madera, de la mano del valenciano José María Fuster, un discípulo de Gustave Eiffel, quien pergeñó la icónica torre de París. Los valientes que se le animen tienen su premio: cuando cae el sol, las Casas Colgadas se iluminan con luces cálidas, lo que les otorga una apariencia particular.
Los “rascasuelos”
Jurgen Hans Loos, un holandés que reside hace treinta años en Cuenca, y que estudió la historia de la ciudad, nos revela que hay más casas que tienen un grandísimo valor. En pleno auge, allá por el siglo XV, la ciudad estaba superpoblada: se estima que había unos seis mil conquenses, lo cual era una cantidad inusitada para la época. Una solución para contener más habitantes podría haber sido ampliar las viviendas hacia el exterior, pero no era posible, ya que lo impedían las gargantas que rodean Cuenca. Por eso, decidieron edificar hacia arriba y hacia el precipicio, amurando pequeños balcones detrás de las casas. Con los años, y siempre con la idea de ganar lugar, fueron descendiendo, rompiendo la roca calcárea. Entre balcón y balcón colocaban escaleras de caracol para comunicar planta con planta. Así nacieron los rascacielos, que según Hoos deberían rebautizarse “rascasuelos”, de entre ocho y once pisos, que componen el barrio San Martín.

En 1915, Pío Baroja visitó la ciudad y describió cómo del quinto piso de una de las casas asomaba un burro, algo que nunca habría creído si se lo hubieran contado. Lo que vio el escritor español demostraba cuál era el nivel de la calle, la Alfonso VIII, sobre el frente de las viviendas. “Las cuestas y desniveles de la ciudad hacían que la planta baja de una casa fuera en una calle paralela a un piso alto; así se decía que Cuenca era pueblo en donde los burros se asomaban a los cuartos y quintos pisos... y era verdad”, manifestó quien integró la célebre generación del 98.

En 1996, y por obvias razones, esta “ciudad paisaje” fue declarada Patrimonio de la Humanidad por parte de la Unesco. Nos quedan un par de horas y este destino de la Madre Patria es mucho más que las Casas Colgadas y los “rascasuelos”. Nos recomiendan ir a una cárcel que se usó durante la Inquisición, una catedral sin terminar, y pasar por delante de unos ojos que miran desde las rocas y del zarpazo que dejó el Diablo en una cruz. Por todo ello, Cuenca sorprende.


Fotos del autor y Pixabay.

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte