Curiosidades


De la cancha a la pantalla


Por Alejandro Duchini.


No cualquiera mira doscientas películas que rocen la temática deportiva, revisa la mitad de ellas después de verlas por primera vez, y se toma medio año para describirlas en un libro. Matías Bauso lo hizo en El deporte en el cine. Grandes partidos, jugadores y atletas de la pantalla. A este periodista, escritor y abogado le encanta recorrer bibliotecas, ver películas, leer viejos diarios y revistas, ver más películas, inspeccionar reportajes, seguir viendo películas... y después trabajar con esa experiencia. En su obra ubica a Toro salvaje al tope del ranking y a Rocky en tercer lugar. ¿Qué parámetros utilizó? Él mismo lo contesta: “El ranking es un juego. Si mañana me siento a hacer otro, seguramente muchos de esos puestos cambiarían. Sin embargo, creo que Toro salvaje es una gran película, más allá de lo deportivo. Su director, Martin Scorsese, logra mostrar la violencia, las turbulencias que habitan la cabeza de un boxeador y el mundo del pugilismo como nunca antes. Siempre se mostró la ‘suciedad’ de ese ambiente, pero dejando al boxeador a un lado. Aquí está inserto en esa ‘roña’. Ya no se trata solo de managers, periodistas o entrenadores”.

–Durante los ochenta, Carrozas de fuego era el emblema de las películas de deportes. ¿Qué ocurrió, con el tiempo, que quedó relegada en las opiniones del público?
–Al ganar el Oscar como mejor película obtuvo notoriedad. A eso se le suma la banda de sonido de Vangelis, que tuvo una enorme difusión y sirvió para musicalizar cada momento emotivo durante décadas. Luego, el interés fue decantando y esa película, que muestra el apasionante enfrentamiento entre dos atletas, ese mundo británico y el ambiente de los Juegos Olímpicos del veinte, fue perdiendo centralidad y quedó en el recuerdo como una buena película, pero algo menor.

–Te referiste recién a la música. ¿La de Rocky llegó a eclipsarla?
–La banda de sonido de Bill Conti es la de la épica moderna. ¿Quién no entrenó con esa fanfarria en sus oídos dándole ánimos? Mientras Vangelis quedó relegado, “Gonna Fly Now” sigue con una vigencia extraordinaria.

–Si pelean Rocky y La Motta, ¿por quién apostarías?
–Rocky es el boxeador del pueblo. Nuestro corazón está con él. Es como cuando jugaba al Prode: siempre ponía la crucecita en Racing, sin importar que fuera local o visitante, ni su actualidad, ni el rival. ¡Y no se podía gastar un doble en ese partido! La dificultad más evidente de esa pelea, más allá del peso, porque uno es pesado y el otro mediano, es que La Motta no se cae nunca. Se vanagloria de ello luego de la paliza que le da Sugar Ray Robinson. Y sabemos que Rocky y sus contrincantes van muy seguido a la lona.

–Si en vez de escritor fueras actor, ¿en qué filme te habría gustado participar, en qué papel y por qué?
–En La bella y el campeón, una gran película de Ron Shelton. Ser parte de ese equipo de béisbol de las ligas menores, tener un romance con Sarandon, y portar esa sabiduría algo rancia pero elegante de Crash Davis, el personaje de Kevin Costner... no habría estado nada mal. O, si no, podría haber sido el boxeador de Fat City, ese clásico oculto de John Huston. En el caso de los documentales me habría gustado aparecer en alguna escena de Héroes, porque habría significado que viví en persona el triunfo en México 86. O ser George Plimpton o Norman Mailer en When We Were Kings, porque habría visto desde el ring side el knock out que le propinó Muhammad Alí a George Foreman en Kinsasa. 

–¿A qué historia deportiva o deportista se le debe una película?
–El mundo del tenis femenino de la segunda mitad de los ochenta me parece dramáticamente atractivo. Es increíble que la competencia entre Graff, Sabatini, Navratilova y Evert no haya servido de inspiración. También podría ser muy divertida una película que encarara la rivalidad Menotti-Bilardo, algo así como The Damned United, pero a nivel local y, obvio, en clave de humor. Y me sorprende que el Maracanazo –aquel enorme triunfo lleno de épica de Uruguay sobre Brasil en el mundial de 1950, usina increíble de frases e historias– no tenga su película, más allá de algún corto.

–¿Cuántas películas descubriste y cuántas volviste a ver para el libro?
–Vi poco más de doscientas. Alrededor de la mitad las revisé porque las había visto cuando se estrenaron o en el cable, y con el resto empecé de cero. Varias fueron un gran descubrimiento. Es un género entretenido. Incluso las peores tienen fragmentos en los que la emoción se impone.

–¿Cuánto tiempo te llevó escribirlo?
–Alrededor de seis meses. 

–Señalás errores en Escape a la victoria, pero tenía un elenco de lujo: Michael Caine, Sylvester Stallone, Max von Sydow. ¿Qué te sugiere?
–Recuerdo haberla visto en el cine. Era ver a Osvaldo Ardiles, Pelé y Kazimierz Deyna, pero en la pantalla grande. Hay que tener en cuenta que a esa edad también me emocionaba ver a Jorge Porcel corriendo a Diego Maradona en un potrero o El Chanfle, de Chespirito, que es una película pésima de fútbol. Escape a la victoria es una cinta perezosa, hecha con cierto desgano... Convengamos en que no es el mejor John Huston. Pero, a pesar de sus evidentes debilidades, el partido tiene su costado épico. Eso sí: coincidamos en que Stallone de arquero es absolutamente inverosímil; ni siquiera sabe embolsar la pelota.

–¿De cuánto tiempo debería disponer un lector si quiere ver las cien películas que destacás en el ranking?
–Mucho. ¿Doscientas horas más o menos? Casi diez días ininterrumpidos. Pero en tiempos de Netflix se conocen epopeyas peores.

–En cine, ¿béisbol o boxeo?
–Son los dos deportes mejor tratados por el cine. Ambos tienen eso del enfrentamiento personal, del duelo. Son variantes del género hollywoodense por antonomasia: el western. Es complicado elegir porque ambos cuentan con grandes exponentes. 

–¿Recomendás El campo de los sueños para un domingo a la tarde?
–Se puede ver siempre, en cualquier momento o circunstancia que uno esté atravesando. Es una gran película. El periodista norteamericano Bill Simmons dice: “La gente se divide en dos: los que les gusta El campo de los sueños y los que no tienen corazón”. Su argumento trata sobre la relación entre padres e hijos, sobre los sueños, lo que hay que trabajar para cumplirlos, y el apoyo de los seres queridos, indispensable para intentar concretarlos.

–¿Qué te emociona más: Rocky entrenando con “Gonna Fly Now” o la persecución en la cancha de Huracán, en medio de la hinchada de Racing, de El secreto de sus ojos?
–Esta es la pregunta más fácil de responder. El secreto de sus ojos tiene la mejor banda de sonido posible, al menos para mí: la hinchada de Racing cantando de fondo. No es para ufanarme, pero creo que las palabras finales de mi libro se ubican entre las mejores de la literatura: “La Acadé, la Acadé…”. No se me ocurren mejores.

Para no quedarse con ganas de más
“No soy crítico de cine. Me habría gustado serlo. Mi educación cinematográfica se produjo, como tantas otras, a través de los VHS, los ocho cines que había en la avenida Santa Fe entre Pueyrredón y Callao, la Lugones, la revista El Amante y los dossiers fotocopiados que vendía una librería especializada escondida en la galería de Corrientes entre Libertad y Carlos Pellegrini. En el deporte los influjos fueron mucho más directos y persistentes: papá, mi hermano Diego, Racing y El Gráfico”, escribe Matías Bauso en el prólogo de El deporte en el cine. Grandes partidos, jugadores y atletas de la pantalla. El autor también escribió 78. Historia oral del Mundial. “Amén de revisar toda la prensa de esa época, realicé ciento cincuenta entrevistas. Son 864 páginas que tratan de indagar distintos ejes, como el ciclo Menotti y el contexto político”, invita Bauso a la lectura.

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