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Volver a las raíces


Por Aníbal Vattuone.


El aire refrescante de la mañana, el sol en el horizonte elevándose, pasos solitarios entre hileras de cultivos. Lo único que se escucha es el rumor de unas zapatillas que rozan la tierra. De pronto, el agricultor se frena cuando observa un tomate rebosante, rojo, enorme. Se pone en cuclillas, lo agarra y siente la satisfacción de la labor bien realizada. Para eso contó con una aliada que es cada vez más protagonista en este rubro: la agroecología, con un concepto mucho más amplio que la agricultura ecológica u orgánica. 

“Se trata de una disciplina científica que tiene como foco la producción agropecuaria siguiendo la premisa de independizarse de insumos externos, como agroquímicos y otros productos sintéticos. Lo primero que se consigue es una notable reducción de costos y un ajuste de los mecanismos agronómicos que permiten que el agroecosistema responda y se optimice. En Latinoamérica nació aplicándose en las huertas, pero hoy está arrojando conclusiones muy atractivas a mediana y gran escala”, confirma Walter Alberto Pengue, ingeniero agrónomo y coordinador del Área de Agricultura Sustentable en el Grupo de Ecología del Paisaje y del Medio Ambiente (GEPAMA), que pertenece a la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU) de la Universidad de Buenos Aires (UBA). 

En el marco de la agroecología, los aspectos económicos, sociales y ambientales buscan el punto justo del equilibrio. “¿Cuáles son sus fortalezas? Minimizar el efecto de biocidas y fertilizantes, combinar cultivos y cría de animales, y obtener una mayor eficiencia socioeconómica”, agrega Eduardo Spiaggi, investigador y docente de la cátedra de Ecología y Biología de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad Nacional de Rosario.
A nivel micro, la agroecología pica en punta para afrontar los problemas recurrentes que atraviesa la producción de alimentos fronteras adentro. De hecho, el ingeniero agrónomo Daniel Díaz, creador de Prohuerta, demostró su importancia cuando, en plena crisis de 2001, más de tres millones de argentinos pudieron alimentarse gracias a este sistema. El modelo se está exportando a otros países latinoamericanos y a África, a través de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura.

Uno de los informes más recientes elaborados por The Economy of Eco-system and Biodiversity, Agriculture & Food (TEEB), determina que la agroecología podría alimentar hasta dos tercios de la población mundial. Y que es crucial cuando se habla de seguridad y soberanía alimentaria.  “Aquí se benefician todos: los agricultores, que disminuyen costos y mantienen ganancias; los consumidores, que acceden a productos más saludables, expuestos a menor cantidad de tratamientos tóxicos, y hasta los municipios, con mayores ingresos. Por otro lado, ganan los jóvenes y los propios ingenieros agrónomos, quienes serán más solicitados, motivados por enfrentarse a retos inéditos”, advierte Pengue, profesor del Área de Ecología en la Universidad Nacional de General Sarmiento.
En el debe y el haber
La agroecología se presenta como un sistema más estable y duradero que el de la agricultura tradicional. No solo se genera empleo y actividad económica local, sino que, al estar diversificado y no depender de un solo producto –los cultivos–, se asumen menos riesgos. “La agricultura industrial expulsa gente del campo y provoca crecientes impactos ambientales, como contaminación y pérdida de biodiversidad”, asegura otra vez Eduardo Spiaggi.

Desde el GEPAMA, y junto a sus colaboradores, Pengue, miembro científico del Panel Internacional de Recursos del Programa de la Naciones Unidas para el Medio Ambiente, lleva adelante investigaciones en pueblos y ciudades a las que denominaron Escudo Verde Agroecológico. Desde hace más de quince años, se ocupa de este tema, consciente de que es una alternativa destacada incluso para la interfase urbano-rural. Eso sí, no ignora ni niega sus desventajas: “La principal proviene de la formación del ingeniero agrónomo. Los jóvenes reciben una información sesgada. La agronomía es una carrera maravillosa, que nos interpela de manera permanente. Pero, en mi opinión, las recetas actuales de la agricultura industrial, fundamentadas en un modelo productivista, no son las adecuadas. Modificarlas es una responsabilidad que tienen que asumir nuestras casas de estudio e institutos técnicos, como el INTA y el Conicet. Deben formar agrónomos integrales y no meros seguidores de recetas”. Spiaggi coincide y suma deudas que la agroecología aún tiene que saldar: “Todavía faltan políticas públicas para que no se haga tan difícil su implementación. Esto requiere presencia en el campo y mano de obra. Lleva tiempo, claro, pero los diviendos valen la pena”.
La impronta nacional
Por estos pagos, los expertos son optimistas acerca de que la agroecología se transforme en una opción viable pese a sus prácticas y conocimientos complejos. Para contrarrestarlos, concuerdan en que es imperioso perfeccionarse con educación científica, apoyatura técnica y tecnología innovadora. 
De más está decir lo que representa el campo para la Argentina, y los millones de hectáreas que pueden ser mucho más aprovechadas. “Estamos ante una oportunidad nueva y desafiante que los productores no pueden soslayar ni los consumidores desconocer. Es posible que en esta transición haya muchos caminos y no uno solo. Así, quienes provengan de una agricultura más industrializada y contaminante podrán convencerse paulatinamente, reaprendiendo un sinfín de procesos. No es un cambio que se da de un día para otro, pero sí es uno que ya es irreversible. Quedarse afincado en sistemas que afectan el orden ecológico es suicida para su generación, pero, en especial, para sus futuros hijos y nietos. ¿Qué deben tener en cuenta? Lo más esencial: los alimentos que nos llevamos a la boca”, enfatiza Pengue, quien, desde el año 2016, es miembro científico del Comité Ejecutivo del TEEB.
En función de esta realidad, ¿cuál es el techo que puede alcanzarse a través de la agroecología? “A lo largo de los últimos años hemos sido testigos de un crecimiento sostenido. Registramos cientos de experiencias en distintas regiones con muy buenos dividendos: desde las huertas urbanas y escolares hasta los parques productivos, las chacras rurales y los establecimientos medianos y grandes agrícola-ganaderos. Sin ninguna duda, la propuesta de la agroecología va en ascenso y no detendrá su marcha, ya que es una necesidad de nuestra sociedad”, concluye con precisión Spiaggi.

Fast agro
¿Es posible levantar la bandera de la agroecología con rapidez? “Sí, en poco tiempo podemos mejorar y formar a los agrónomos del siglo XXI”, contesta contundente Alberto Pengue, magister en Políticas Ambientales y Territoriales por la Universidad de Buenos Aires. Pero advierte: “Esto depende de cada universidad pues la agroecología es la verdadera agricultura, la que determinará gran parte de nuestro futuro. Además, responde a una clara demanda social. La gente no quiere ingerir alimentos con venenos. Entonces, los cambios y los nuevos modelos comienzan a aparecer con mucha más fuerza de lo que pensábamos. Décadas atrás, a la mayoría de la población le resultaba indiferente esta cuestión. Todo eso está modificándose”.

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