Entrevista


“No me angustia el paso del tiempo”


Por Carmen Murtagh.


Nació en el barrio de La Boca un 28 de octubre. Hija de una vestuarista de cine y de un docente y director de teatro, se crió entre sets de filmación. Como era de esperarse, Martina Gusmán (39) es polifuncional: actriz, vestuarista y productora ejecutiva en Matanza Cine, la productora que tiene junto a su esposo, el director Pablo Trapero. “Él es de La Matanza, de San Justo, donde sus papás siguen viviendo. Allí se crió hasta que se fue a estudiar cine a la Capital”, dice para explicar el porqué del nombre del emprendimiento matrimonial que en estos días la devolverá a los primeros planos con el estreno de La quietud, tanto en el circuito comercial como en el Festival de Venecia (donde Trapero ganó el León de Plata como mejor director por El clan). “La película toca muchas subtramas, con relaciones viscerales. Básicamente, plantea qué es lo que uno está dispuesto a hacer. El argumento no le será indiferente a nadie, porque es imposible que no te conmuevas. Como espectadora, amo que se provoque eso –adelanta quien se muestra en cada respuesta como una mujer receptiva y generosa–. Mi personaje navega en una ambigüedad entre la vulnerabilidad y la fuerza. Aparenta ser pasivo pero, en realidad, es el disparador de todos los que la rodean. Ese doble juego entre ser frágil y fuerte fue todo un desafío”. 

–No temer a jugártela es casi una marca registrada tuya. 
–Soy una actriz comprometida con lo que quiero contar. Mi intención es llevar cada escena a un nivel de profundidad que pueda causar empatía en el público y hasta cierto grado de incomodidad. Para lograrlo, me tengo que involucrar.

–¿Por qué La quietud no tiene el típico sello Trapero? 
–Porque sus películas suelen tener una imagen más trash, más oscura. Este filme es hermoso por donde lo mires: la estética, la música, la fotografía… Todo tiene un contenido emocional, que, a la vez, te interpela, te hace reflexionar. Es un contraste muy rico para experimentar.

–Tenés un perfil social muy acentuado. Militaste en una villa a los 14 años y en la actualidad te desempeñás en la Fundación Sí de Manuel Lozano. 
–Concretamente, soy referente de la zona de Colegiales-Chacarita del proyecto de recorridas nocturnas que acompaña a gente en situación de calle. Me encargo del seguimiento de las personas que visitamos y de la contención de los voluntarios. Hago un informe semanal esté donde esté.

–¿Cómo evalúas la oleada feminista? 
–No me gusta la bandera del panfleto en ningún aspecto. Tengo una postura muy clara respecto del feminismo o del aborto, pero soy más de la acción y menos del mostrar. No me interesa el lugar de la militancia desde el exhibicionismo, sino desde el compromiso social de la acción.

–¿Usas redes sociales? 
–Sí, Instagram. Tenía Facebook pero me di de baja porque lo discursivo y la polémica me agotan. La gente tiene tal irritabilidad y tan poca tolerancia con aquel que opina diferente… Los debates los reservo para el ámbito privado. Lo que pasa es que es muy fuerte la impunidad que hay detrás del anonimato. Por eso elijo Instagram: la imagen es más llana, más indiscutible. Eso sí: no me da curiosidad ver las cuentas de los demás. En Twitter sí sigo a varios, porque me sirve como un random de información.

–Dicen que Twitter es la nueva agencia de noticias...
–Tal cual. Como no miro televisión y apenas escucho radio, es mi conexión con lo que está pasando.
Pasiones en la piel
Siempre de la mano de su marido, Martina protagonizó películas como Leonera, Carancho y Elefante blanco. En la pantalla chica, actuó en el unitario Para vestir santos y forma parte de la serie El marginal, de encumbrada segunda temporada. Si bien encabezó Solo para dos, una comedia del director español Roberto Santiago, rodada en Venezuela, junto a Nicolás Cabré y el catalán Santi Millán, contesta tajante cuando le preguntamos si sueña con conquistar otros horizontes: “Sinceramente, el mercado hollywoodense me atrae poco. Prefiero el europeo. No me radicaría en el exterior, porque en ese sentido soy como localista, arraigada. Pero sí pasaría por la experiencia de hacer algo afuera”.

Hace dieciocho años que está en pareja con Trapero, padre de sus dos hijos: un adolescente de 16 años y una pequeña de 2, que heredó esos ojos grandes, cautivantes. “Lucero tiene el mismo color verde que mi mamá, pero en mi tamaño de ojos... ¡Un combo explosivo!”, exclama quien tiene tatuados a sus tres amores. “El escorpión que tengo en el hombro derecho fue como nuestra primera alianza con Pablo. En la muñeca izquierda tengo a mi hija, y en la derecha, a Mateo, que es pisciano; por eso los pececitos”, sintetiza.

–La relación entre Mateo y Lucero debe ser divina...
–Diría que es increíble. Yo lo tuve a Mateo a los 23 años, en un momento muy inaugural de la pareja, de la carrera de ambos. Nosotros viajamos muchísimo, fuimos una familia rodante con Mateo de muy chiquito, y yo como una mamá canguro llevándolo a todas partes. Con Pablo decidimos muy conscientemente esperar hasta que Mateo egresara de la primaria para volver a arrancar. Yo bromeo con que tengo dos hijos únicos, porque no compiten ni en género ni en edad. Mateo es medio como un tío de su hermana. Se tienen fascinación mutua. La llegada de Lucero es como que reactivó todo lo vincular en la familia.

–En octubre cumplís 40. ¿Sos de hacer balances? 
–En los cumpleaños disfruto de que me mimen. No me angustia el paso del tiempo. Al revés, me gusta esta edad. Me siento más segura, más tranquila... Con un temple muy distinto del que tenía a los veintipico. Aunque siempre fui una niña hipermadura. Lo conocí a Pablo con 21 años, y a mis 23 ya teníamos dos perros, una casa y una productora. La adolescencia se me pasó muy rápido. Hoy estoy más relajada, dejo fluir, no me sobrecargo de responsabilidades, aunque esté haciendo igual cantidad de cosas o más que hace diez años atrás. Y el “deber ser”, la presión, no me pesa de la misma forma. Trabajo para intentar estar mejor, saludable, me trato con homeopatía. El objetivo es envejecer bien y feliz. Y encontrar cada vez más la armonía. Con mis hijos sí me pasa que me doy cuenta de lo vertiginoso y lo veloz que pasa todo. Por eso quiero aprovechar cada segundo porque no quiero perderme nada.

–¿Estás estudiando Psicología en la universidad?
–Sí, ¡ya estoy en cuarto año! Empecé cursando sin pensar en ejercer. Cuando terminé el colegio, me anoté en Historia del Arte, pero ahora, que estoy tan a fondo con la Fundación Sí, me inclino para el lado de la psicología comunitaria. Es algo paralelo a mi profesión. Me encanta la actuación, pero eso solo me parece insuficiente. La sensación que me invade es: “Bueno, ¿y qué más? ¿Y entonces, qué hacemos?”. Cuando más plena y completa me siento es cuando conjugo el poder expresarme en lo creativo y, a la vez, estar haciendo algo social. 

–Cuando bajás las revoluciones, ¿qué hacés?
–Soy muy familiera. Adoro estar con mis hijos y saber de su cotidianidad. Eso es prioridad absoluta. Me gusta viajar, adentrarme en otras culturas. Esta cuestión de la diversidad de los seres humanos y lo cosmopolita me resulta muy atractiva. Cocino, amaso… Eso también está ligado con los afectos. Soy de generar espacios armónicos para compartir. Lo vincular me es esencial. Soy muy de clan. Tengo un círculo bastante cerrado, pero estoy muy presente.

–¿Lees, mirás series? 
–Estoy leyendo el guión de la película que estoy haciendo, los módulos de la facultad y el cuaderno de comunicaciones del jardín de Lucero (se tienta). Y las series se reducen a Peppa Pig con Lucero y a Black Mirror o Merlí con Mateo, los dos tirados en la cama. Cada casillero vacío que tengo en la agenda, se lo dedico a mis hijos.  

La Quietud

El flamante largometraje de Pablo Trapero, protagonizado por Martina Gusmán, Bérénice Bejo, Edgar Ramírez, Joaquín Furriel y Graciela Borges, se centra en una estancia donde Mía (Gusmán) creció con sus padres. Una situación inesperada la obliga a reunirse con su hermana Eugenia (Bejo), quien regresa tras años de vivir en París. Entre la mirada implacable de su madre, Esmeralda (Borges), y las intervenciones del marido de Eugenia, Vincent (Ramírez), y de Esteban (Furriel), escribano y amigo de la familia, se destapará una olla repleta de secretos. “El reencuentro de estas dos hermanas es un poco la excusa, el disparador de todo un pasado que se viene ocultando. La trama tiene un sinfín de subtemas: la sexualidad, la infidelidad, la locura, el vientre subrogado, el aborto…”, anticipa Martina. 


Fotos: Estrella Herrera. 
Make up: Clarisa Rey. 
Pelo: Leandro Pitu Bela.
Agradecimientos: Hotel Brick (Posadas 1232, CABA).

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