COLUMNA DE PADRES


Pre-pa-ra-te


Por Revista Nueva.


Camila no quiere que la lleve a la escuela; tiene 11 años y me obliga a que la deje en la esquina porque dice que le parece “lo menos” que la vean conmigo, y cuando le preguntó por qué, me responde: “No seas ortiva”. Martín, de 16, parece un zombi, no le interesa nada. Lo llevé al club al que iba yo para que eligiera un deporte y me dijo que jugar a la pelota es “alto embole”; lo llevé a la academia de música donde iba mi hermana y salió de mal humor; la mamá le propuso hacer dibujo y le dijo “dejá de flashear”. Lo único que lo hace feliz es estar encerrado en su habitación jugando a la Play con sus “amigos” virtuales y mirar tutoriales en YouTube. 

Yo soy Fernando, papá de Camila y Martín. Tengo 41 años y estoy casado con Romi, mi primera y única novia. Soy contador y trabajo en la misma empresa desde que me recibí. Vivo en una linda casa y tengo 35 días de vacaciones al año. Quizás esta vida les parezca aburrida, pero a mí me gusta, o me gustaba. Porque desde hace dos años, no sé qué nos pasó: la casa se dio vuelta, perdimos el rumbo y todo se convirtió en un gran caos. Mis amigos padres me decían: “Ya vas a ver cuándo sean adolescentes, pre-pa-ra-te”. Pero nunca llegué a preocuparme de verdad porque mi adolescencia fue tan tranquila que pensé que la de mis hijos sería igual. En la secundaria me iba bien. Sí, me llevé algunas materias pero nunca estuve al límite de repetir –como Martín todos los años– y si me costaba algún tema, iba a un profesor particular, estudiaba y zafaba. Hacía deportes en el club del barrio y tenía amigos que aún conservo. No tuve la adolescencia de un rockstar, claro, ni tampoco todo fue tan perfecto. A veces sentía que mis padres no me entendían y me parecían anticuados. Y en el amor… la tuve que remar: tres años me costó que Romi me diera bola. 

Ahora me pregunto: ¿qué pasó con mis hijos? ¿Seré muy anticuado? Martín puede pasarse horas encerrado en su habitación mirando la pantalla de la computadora. No entiendo cómo puede estar ahí sin una gota de aire, sin comer un sandwichito y con la luz apagada. Y lo peor de todo es que no estudia, no mueve ni un músculo (salvo los de los pulgares), no se junta con amigos y le cuesta cada vez más levantarse para ir al colegio porque se queda jugando hasta tarde. Romi dice que ya se le va a pasar, que es una etapa, pero yo estoy preocupado. Se lo comenté a mi hermana Adriana, psicóloga, y me comentó que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ya reconoce el trastorno por videojuegos como una patología mental. Me dijo que lo de Martín no es para tanto, pero me sugirió que esté atento. Me pasó otro estudio que afirma que el uso excesivo de tecnología puede llegar a causar un deterioro significativo en las áreas del funcionamiento personal, familiar, social, educativo y ocupacional. Los chicos pierden el control de la frecuencia, duración y finalización del juego, les genera ansiedad, euforia y dificultades para dormir. Ayer no sabía qué hacer para que Martín saliera de su habitación, estaba como abducido, y en medio de la desesperación tomé una decisión drástica: corté la luz. Mi hermana se reía: “No podemos vivir con velas para que Martín no juegue a la Play”. Y tiene razón, pero al menos logré que por cuatro horas no estuviera frente a la pantalla y me ayudra a colgar unas macetas en el patio. Seguiré investigando para ver cómo puedo ser un padre moderno, que no me vean como un “ortiva” y alejarlo de ese mundo irreal para acercarlo, de a poco, al mundo real.

Hoy iniciamos una serie de columnas de opinión que abordarán los temas que preocupan a los padres en la actualidad. Podés mandarnos tus inquietudes y sugerencias a correo@nueva.com.ar 

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