Entrevista


Me gusta el riesgo


Por Carmen Murtagh.


“Me gusta el riesgo”
Fue galardonado en los premios ACE y será parte de la primera serie producida por Netflix en nuestro país. Versátil y prestigioso, el actor Osmar Núñez transita un presente sin igual.

Es una tarde de jueves en uno de los cafés porteños más tradicionales, una esquina tanguera, lugar de encuentro de destacadas celebridades de la cultura, la política, el deporte y las artes. Nos rodea una decoración elegante que recrea a la perfección la atmósfera y el ambiente del siglo XX.

Amén de vivir cerca de este emblemático reducto, a Osmar Núñez le resulta familiar la mística que aquí se respira. Es que su padre era cantante de tango. “Nunca fue un profesional, pero sí cantaba en su juventud en bares, en el trabajo y en casa. Así que escucho tangos desde muy chico. Me encanta y me gusta cantarlos también. Estudié un poco, pero no soy cantante ni ya lo seré. De vez en cuando despunto el vicio un poquito”, confiesa, y se refiere a su papel en Orquesta de señoritas, la obra por la que acaba de ser galardonado con un premio ACE como Mejor Actor Protagónico en Comedia. 

Bajo la dirección de Jorge Paccini, su personaje canta y baila, algo que nunca había hecho hasta entonces. “Estoy agradecido. Siempre es una inmensa alegría que te nominen, que te consideren. Sobre todo porque este espectáculo fue una producción independiente donde todos pusimos dinero. Nos divertimos muchísimo interpretando a esas mujeres tremendas. Yo era la directora de la orquesta: implacable y tremendamente impune”, repasa. Y se sorprende: “Que a mí me distingan como mejor actor de comedia es insólito porque mis papeles son más torturados y dramáticos”. 

Desde su inolvidable Juan Domingo Perón en el filme Juan y Eva hasta el abogado inescrupuloso de Relatos salvajes, Osmar llevó a cabo decenas de roles con total versatilidad, pasando por géneros muy diversos: policial, grotesco, drama, comedia. Como si fuera poco, en marzo de 2018 se estrenará Eda, la primera serie producida por Netflix en la Argentina. Allí compartirá cartel con Juana Viale, Pablo Echarri, el español Andrés Velencoso, Julieta Zylberberg, Inés Estévez y Martín Seefeld, entre otros. “Se trata de todo lo que ocurre en el mundo de la moda. Los personajes son claro oscuros, guardan muchos secretos. Yo hago de padre de Juana, un hombre de negocios que arremete con todo para lograr sus objetivos. Intuyo que será un éxito”, anticipa.

– ¿Cómo describirías tu presente?
–Siento que estoy cada vez más comprometido con este oficio, que implica tiempo, cuerpo, corazón, alma e ideología, porque uno también elige de acuerdo con cómo piensa. 

–Solés trabajar con directores noveles, en operas primas.
–Lo que me atrae de los jóvenes es que son muy lanzados. Es una generación que arremete y dice: “Hagamos esto, ¡como salga!”. A mí me gusta el riesgo, estar un poquito en la cornisa. Me encanta cierta peligrosidad en todo sentido.

–Necesitás adrenalina...
– ¡Totalmente! Eso hace que no te achanches. Claro que cuando el proyecto es de mucho riesgo, sabés que los resultados pueden ser óptimos o no, que puede tener una gran aceptación o no. Son las reglas de juego. 

–En las entrevistas repetís: “El teatro es mi casa y el cine es mi casa de fin de semana”. ¿Cómo es eso? 
–En teatro arranqué desde muy chico, tenía 16 años cuando comencé a estudiar. Antes que eso, mi madre me llevaba de la mano todas las semanas al Teatro Municipal de Morón. Y el cine es un sueño, que se vincula con la infancia, con las salidas… Siempre quise estar en la pantalla, además de en la butaca. Pero el cine llegó mucho después. Por eso, le agradezco tanto al teatro por haberme dado la posibilidad de ser parte de historias fantásticas, de ser reconocido y de que la gente, cuando me encuentra, me haga comentarios maravillosos. El teatro es un entrenamiento permanente, sin descanso, que no te deja bajar los brazos. Tenés que estar con tu instrumento lo más afinado posible, siempre en alerta. Nosotros somos nuestro violín, y debemos cuidarnos todo lo que podamos.

– ¿Qué es lo que te apasiona de ser actor?
–Me gusta la gente, el encuentro con el público y la posibilidad de entrar en otros mundos, aun en los que están en las antípodas de tu forma de ser y ver la vida. Si tengo que hacer un asesino serial, me entusiasma bucear por su psiquis. Es como una partitura que uno primero arma en soledad, luego con sus compañeros y concluye con el director, tratando de acordar qué es lo que quiere transmitir. Todo ese proceso me fascina.

– ¿Qué te ayuda a componer un personaje?
–La construcción es un camino muy misterioso porque hay cosas de las que uno es muy consciente y otras de las que no. Siempre recuerdo que cuando hacía Noches romanas con Virginia Innocenti, los espectadores me preguntaban: “¿Qué te hacés en la cara? ¿Cómo te maquillás para transformarte de esa manera?”. Yo no me daba cuenta de lo que sucedía, pero no utilizaba ningún maquillaje. Había algo físico en mí que se iba deteriorando, que lo buscaba internamente y después se trasladaba al cuerpo.

–Qué halago que lo notaran. 
–Esa es la mejor crítica que te pueden hacer porque no había ningún tipo de artificio en ese sentido. Por eso es tan misterioso y mágico el camino.

– ¿Qué personaje te significó el mayor reto?
– ¡Todos! Perón, Martin Heidegger, Tennessee Williams. Con algunos coincidía más que con otros. Williams era un artista que hablaba por mí. El hombre de La mirada invisible fue muy difícil, con falencias, debilidades, desordenado, terrible. El de Punto muerto también: un escritor en decadencia, medio perdido por el alcohol... ¡Ninguno sencillo! Pero a los actores nos seduce eso, sobre todo si el público te cree. Ahí es cuando la tarea está cumplida.
El valor del encuentro
En el ir y venir del diálogo con Osmar se cuelan otras palabras, como coincidir y acordar. Como si el consenso fuera un factor clave a la hora de conversar con este hombre de voz grave y perfecta dicción, que escoge cuidadosamente cada palabra. Prefiere decir oficio antes que profesión, o transmitir en vez de enseñar. Como si un halo de respeto lo atravesara todo, incluso su lenguaje.

– ¿Qué habría sido de vos sin la actuación? 
– ¡Nada! ¿Cómo era la frase? ¿Serás lo que tengas que ser o no serás nada? Quizás habría sido docente... Me moviliza descubrir el potencial que se esconde en el otro. Cuando veo los colores que tiene cada persona e intuyo todo lo que puede dar, trato de trabajar sobre eso para que lo vaya descubriendo. Quizás, habría insistido con la docencia, ya sea en lo actoral o por el lado de la literatura. Aunque también dirijo, la actuación me termina ganando.

–No te acosan por la calle...
– ¡Para nada! Yo no soy una estrella, porque tampoco hice tanta televisión, que es lo que te da notoriedad pública. Apunto a ser un buen actor, pero es una realidad que si te reconocen, es más factible que te vayan a ver. Es medio esquizo el lugar donde ponerse.

– ¿Qué hacés cuando no actuás?
– ¡Pienso en actuar! (Se ríe). Me gusta salir a comer, estar con amigos, con mi pareja, con mi familia. Disfruto viajar, conocer. El arte me dio profundos conocimientos. Ser actor me hizo mejor persona, más culto, más instruido, más humano. De eso se trata: de que el actor pueda hablar de la condición humana. Y tener una mirada más compasiva sobre ciertos comportamientos oscuros que tenemos.

–Sin juzgar...
–Jamás. El actor no puede juzgar a ningún personaje por más tremendo que sea. Hay que encontrarle toda la humanidad posible y justificarlo. De lo otro se encargará el espectador. ¡En la vida tampoco hay que juzgar! Uno suele formar opinión sobre impresiones, pero ¿qué conocemos de los demás? Los prejuicios no nos ayudan a superarnos ni a construir nada. En nuestros actos están nuestras grandezas y nuestras miserias.
Lo que viene
De cara a 2018, la agenda de Osmar Núñez figura cargada. A fines de enero, y durante dos meses, viajará a España para filmar la comedia clásica Arde Madrid, donde será dirigido por Paco León y volverá a actuar del general Perón. Participará de la película Punto muerto, de Daniel de la Vega, que se estrenará a principios del año que viene. En marzo será el turno de que vea la luz Eda, la serie de Daniel Burman para Netflix. En teatro estará en Agamenon (con Ingrid Pelicori y dirección de Manuel Iebarni) y trabaja en un proyecto personal sobre Ricardo III, del uruguayo Gabriel Calderón, comandado por Mónica Benavidez.

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