Deporte


Pasión extrema


Por María Celeste Collado.


Pasión extrema
Desafían los límites para vivir experiencias únicas. ¿Por qué eligen deportes que coquetean con el peligro? Historias de aventureros que aman la adrenalina.

Están aquellos que para romper con la rutina diaria optan por elegir los deportes tradicionales: tenis, running, natación, boxeo o, por qué no, el famoso e irremplazable “fulbito” con los amigos. Pero están quienes, buscando una nueva disciplina, no solo encontraron una actividad física, sino también su estilo de vida. Lo llamativo es que no se trata de experiencias tradicionales, sino de desafíos que llevan al cuerpo y a la mente a vivir momentos extremos.

Hernán Pitocco es uno de ellos y su pasión por el parapente lo hizo mudarse a La Cumbre, en la provincia de Córdoba. Como competidor actual en la categoría Cross Country, fue él quien, junto a un grupo de siete amigos oriundos de Francia, España y la Argentina, instaló el parapente acrobático. “Creamos el equipo SAT para poder desarrollar e inventar la acrobacia. Volábamos con parapentes para Cross Country normales, tratábamos de buscar tallas pequeñas y velas que fueran más dinámicas”, relata Pitocco sobre los inicios de la movida.
 
Si bien hoy es uno de los más veteranos dentro de esta especialidad, con apenas 19 años fue el piloto más joven del circuito. Entre sus logros figuran los segundos puestos en el ranking internacional de Parapente Acrobático y en el Mundial de Parapente (2016), y el récord que consiguió con el movimiento infinity tumbling, igual a un loop frontal (pueden googlearlo como “Infinity Tumbling, by Hernan Pitocco” o ingresar en su sitio web: www.hernanpitocco.me). “Alguien había hecho 250 vueltas y yo lo superé en 2012 saltando desde un avión a 6400 metros de altura, haciendo 286 vueltas. Sobre el final, por la fuerza G continua, había perdido la visión de medio lado. Las últimas 40 vueltas las hice mirando con un solo ojo”, evoca, orgulloso. Y agrega: “Nada de esto es improvisado. Algunos pueden pensar que estoy un poco loco, pero llevo toda una vida entrenando y preparándome con un equipo especial y un altísimo sistema de seguridad”.

La pasión de Pitocco se encendió caminando por Buenos Aires, al ver pasar una camioneta con la palabra parapente escrita en un costado. La siguió hasta que paró, habló con su conductor y así se enteró de que, en las afueras de la ciudad, había una escuela de iniciación. Luego de varios meses de práctica, llegó la instancia de ir a las montañas y de conocer el verdadero placer de volar lanzándose desde una cumbre y no enganchado desde un remolque aéreo, como lo venía haciendo en la llanura pampeana. 
De la realidad a la ficción
Philippe Petit es francés. Y si bien no es un atleta dedicado a los deportes extremos, es dueño de una de las hazañas que todavía lo mantiene vigente en la actualidad. En 1974 tuvo el atrevimiento de cruzar las terrazas de las Torres Gemelas, haciendo equilibrio sobre un cable que unía a una con la otra. Fue durante la mañana del 7 de agosto, a 400 metros de altura... ¡y sin arnés! Cruzó de lado a lado ocho veces, en tan solo 45 minutos. Se planteó el desafío a los 18 años, cuando leyó un aviso en un diario donde se anunciaba la construcción de estos recordados edificios neoyorquinos. Lo llamaron el “crimen artístico del siglo XX” y hasta se hizo un documental del suceso que, en 2008, ganó un premio Oscar. En 2015, dentro del género de película dramática, The Walk volvió a plasmar el perfil de Petit y su aventura en las Torres Gemelas.
Por y para qué
“La adrenalina es una de las dos hormonas que, junto con la noradrenalina, constituyen las llamadas ‘catecolaminas’. Ambas se forman a través de aminoácidos y se producen y se envían al torrente circulatorio por la médula de las glándulas suprarrenales”, explica el doctor Domingo Agripino Motta, médico especialista en Medicina del Deporte y Cardiología, a cargo del servicio de Medicina del Deporte de la Fundación Favaloro. Con respecto a lo que genera llevar las pulsaciones al tope, el experto advierte: “La hormona se produce en situaciones de estrés, excitación o nerviosismo. Se trata de maximizar las funciones energéticas musculares y cardiorrespiratorias”.

Si bien este tipo de actividades son de alto riesgo, los recaudos están a la orden del día. En el caso del parapente, por ejemplo, existe un paracaídas de emergencia que Pitocco reconoce haber accionado en más de una oportunidad. “Siempre que vas a hacer algo nuevo que no tenés controlado, y que sabés que es algo diferente, hay mucha adrenalina. Está el peligro de caer dentro de tu propio parapente y envolverte”, revela quien, antes de un desafío, encara un exigente entrenamiento que se extiende durante un mes. “A veces me viene el pensamiento de para qué ir un poco más allá, pero lo afronto progresivamente: entro en calor varios días e intento una y otra vez hasta que salga lo planeado”, detalla quien tendrá el próximo reto en Colombia, donde escalará el pico nevado Cristóbal Colón (de una altura de 5700 metros). El objetivo es hacer cumbre y llegar volando al mar que se encuentra a 50 kilómetros. Todo, en quince días. 

Otro de los que hace cosas increíbles es Benjamín Sosa, slackliner, climber, skydiver y BASE Jumper –así se define él en su cuenta de Instagram–. Hace tres años dejó la empresa donde trabajaba y de la que era socio, para dedicarse ciento por ciento al deporte extremo. “Una de mis grandes aventuras fue una escalada de 500 metros en Mendoza –cuenta–. Cargué el paracaídas para saltar en la cumbre. A eso se lo denomina ‘salto base’ y fui el primero en hacerlo en esa zona”.

Si bien admite que tuvo algún que otro sobresalto, Sosa asegura que nada pasó a mayores. Como Pitocco, a menudo se pregunta “¿Para qué?”, “¿Qué estoy buscando?”, “¿Quién me manda?”: “Cuando estás escalando cinco o seis horas una pared y te encontrás con una situación que no es muy linda, te hacés todos los planteos habidos y por haber. No exagero un ápice: hasta podés respirar el estrés y la adrenalina. Por eso, estás obligado a entender el proceso que estás atravesando, porque aquí dudar es ‘pegarse un palo’”. 

El doctor Motta agrega que en ese instante en el que lo mental se transforma en un aliado fundamental, el impacto que tiene la adrenalina en nuestro cuerpo resulta positivo: “La adrenalina, junto con la noradrenalina, incrementan varias cosas, como la movilización del glucógeno muscular, el flujo circulatorio hacia los músculos del cuerpo que están en actividad, la frecuencia cardíaca, la fuerza de contracción del corazón y el consumo de oxígeno. Por otra parte, contraen las pequeñas arterias y venas, para mejorar la redistribución circulatoria corporal y el aumento de la presión arterial. Esto mismo se puede aplicar a cualquier otro deporte, ya que optimiza la reacción de alerta, y la reactividad cognitiva, coordinativa y visual”.  
Talento de exportación 
Si hay algo que caracteriza a los deportes en general es la posibilidad de viajar y poder mostrar la destreza de los profesionales a lo largo y a lo ancho del planeta. Ese es el caso de dos mendocinos que se destacan en el slackline y que representaron a la Argentina en un torneo en China. Los protagonistas de esta historia son Thomas Bravo y Federico Cantú, quienes participaron en este encuentro en la categoría waterline (de la familia del slackline, pero que se practica sobre el agua). Juntos lograron el tercer puesto, y compar-tieron el podio con Francia y Alemania.
Adiós a los límites
Ezequiel Ruete es otro de los que se animan a las alturas. Tenía 15 años y bailaba capoeira, hasta que su hermano lo acercó al slackline, cuyo concepto es caminar sobre una cinta suspendida entre dos árboles. De esa práctica se desprende el highline, que es la misma disciplina pero en altura. Con diez años de experiencia sobre sus espaldas, es uno de los fundadores del Club del Slack, una agrupación que, amén de fomentar esta actividad, realiza diversos eventos. Uno de ellos fue la cuarta edición del Festival Argentino de Highline, que se llevó a cabo en Capilla Del Monte, Córdoba. 

Sobre su despliegue frente a la cinta y la altura, Ruete explica: “En la cinta te encontrás con límites muy fuertes. La adrenalina va en aumento y eso puede provocarte inacción, quedarte petrificado. Por eso, animarse demanda tiempo, pero es un proceso muy hermoso para vivir”.

Hay un cruce que todavía merodea entre sus recuerdos. El escenario tuvo lugar en San Pablo, Brasil, más precisamente en una cantera abandonada donde la cinta se extendía hasta un paredón que tenía un árbol. “La cinta medía 180 metros de largo y estaba a 50 metros de altura. Llegué al otro lado con bastantes caídas en el medio, pero conseguir abrazar el árbol fue algo maravilloso. Aunque no fue un cruce muy decoroso, lo más importante, como siempre, es la actitud de seguir adelante”, concluye con una sonrisa.

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