Personaje


“Es difícil hacerse cargo de uno mismo”


Por Juan Martínez.


El escritor español Javier Cercas combina como pocos la crónica y el ensayo con la ficción. aquí habla sobre la pasión, las críticas y la importancia de nunca olvidar.

Javier Cercas posa para la cámara con evidente incomodidad. Pararse frente a un lente y ser retratado no es lo suyo. Lo afronta con amabilidad y sin llegar a relajarse por completo, aunque hace más de quince años, desde la salida de la exitosísima novela Soldados de Salamina, las notas (y, por consiguiente, las inevitables fotos) se hayan convertido en una suerte de rutina para el español. 

Eso sí, cuando llega el momento de la charla, se distiende: ejercer el pensamiento, reflexionar ante una pregunta (sin que necesariamente sea una muy inteligente) y responder es algo que le sienta mejor al autor de El monarca de las sombras, libro que dejó tela para cortar en este 2017. Aun así, hay algo de fallido en la entrevista, y él lo explica de entrada: “Tengo la certeza de que un escritor es escritor cuando escribe. Cuando deja de escribir, cuando está dando entrevistas, por ejemplo, no diré que es un farsante, pero casi”.

– ¿Cómo encara la etapa de promoción de un libro? 
–Primero, como una necesidad. Una obligación, en realidad. Me lo tomo como un placer y como algo útil, porque hablar con lectores distintos puede ser muy enriquecedor. Entre tantísimas razones, porque no hay literatura sin lector: es el lector el que termina creando el libro. Si el texto es medianamente bueno, cada uno lo interpreta a su manera, porque un libro es solo una partitura. Aunque también hay una parte mala...

– ¿Cuál sería?
–Que puedes llegar a simplificar la tarea. Ricardo Piglia solía repetir: “La mitad de lo que tengo para decir sobre mi libro ya está en él; la otra mitad la diré en el próximo”. Es una frase y un resumen perfecto

A lo largo de los años y de los libros, Cercas consiguió despertar pasiones de todo tipo, y cada publicación suya activa respuestas de admiradores incondicionales y detractores implacables (con todos los matices que caben en el medio, por supuesto). Esta polarización en las opiniones se refleja sobre todo en su España natal, y está muy relacionada con los temas que trató en sus títulos más populares. El ya mencionado Soldados de Salamina, Anatomía de un instante, El impostor y El monarca de las sombras diseccionan la sociedad española en los momentos más álgidos de su historia moderna, con la Guerra Civil, el franquismo y la transición hacia la democracia como aspectos centrales.

“Georg Lichtenberg, científico y escritor alemán, decía algo terrible: ‘Un libro es como un espejo: si un asno se mira en él, no puede aspirar a ver un profeta’”, cita Cercas. Y profundiza: “Los clásicos son clásicos porque nosotros depositamos una fe extraordinaria en ellos, porque decimos: ‘Este libro es importante’ y le damos absolutamente todo lo que tenemos. Pero ocurre una cosa curiosa, muy interesante: no necesariamente en tu país te leen mejor. A veces, sucede lo contrario. ¿Por qué pasa esto Porque en tu país te conocen demasiado bien, te tienen fichado y hay una imagen estereotipada de ti mismo”.

–Y eso contamina el libro…
–Exactamente. Y si encima tratas temas muy delicados, que afectan al nervio colectivo, es muchísimo peor todavía. Me acuerdo de un ensayo de Milan Kundera sobre Anatole France, un escritor francés de principios de siglo, muy conocido entonces, aunque ahora muy olvidado. Él reivindicaba una novela de su colega sobre la Revolución francesa, Los dioses tienen sed. Kundera dice, pensando en France pero también en sí mismo –porque cuando un escritor habla de otro escritor, en el fondo habla de sí mismo–: “Cuando se trata de estos temas, los lectores del propio país quieren saber si el autor está a favor o en contra, si está con Robespierre o contra Robespierre”. 

– ¿Esto es inevitable?
–Sí, pero, además, conlleva una lectura reduccionista, mala, porque las novelas no funcionan así. Las novelas siempre proponen verdades ambiguas, contradictorias, poliédricas. El que está a favor de Robespierre quiere saber si el autor está a favor de Robespierre: si lo está, lo aprueba; de lo contrario, lo condena. En España, tengo felizmente muchos lectores, y no me quejo, pero siempre sale alguien a decirme si yo no estoy a favor de Robespierre…
Radiografía Cercas 
Es escritor, traductor, periodista y licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona. Su primera obra, publicada en 1987, se denomina El móvil. Uno de sus libros más afamados es Soldados de Salamina (2001), que se tradujo a más de veinte idiomas y fue llevadoal cine por el director David Trueba. Por Anatomía de un instante fue galardonado con el Premio Terenci Moix de Ensayo y el Premio Nacional de Narrativa. Es colaborador habitual del diario español El País.
Del desarraigo a la pasión
Javier Cercas Mena nació en Ibahernando, una pequeña localidad extremeña donde transcurre su última historia, cuyo protagonista es Manuel Mena, tío abuelo del autor, soldado falangista que combatió para el franquismo y murió a los 19 años. En el libro, y en la conversación que mantenemos, Cercas cuenta que, en aquel pueblo, él y sus familiares eran una suerte de “patricios”; o sea, se contaban entre los ricos, célebres y poderosos del lugar. Sin embargo, su familia directa se mudó a una ciudad mucho más grande, donde todos aquellos privilegios quedaron a un costado. Ese desarraigo, admite, le produjo un desconcierto del que todavía no salió. Que eso, en definitiva, fue lo que lo impulsó a escribir. 

“Hay una frase de Cesare Pavese que me encanta: ‘La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida’. Casi podría decir que empecé a mirar a la literatura como un sucedáneo, como un sustituto, de las seguridades de la infancia. La literatura, a la vez, era una forma de hacerme interesante ante las chicas. Aunque en eso me equivoqué”, desliza con ironía. 

–En El impostor se refiere a algo parecido, que se puede resumir en la frase “La ficción salva y la realidad mata”.
–Sí, es un lema, un leitmotiv de El impostor. Y es verdad: necesitamos la ficción porque la realidad es insuficiente. Es brutal y es insuficiente. Queremos más, no nos conformamos con la vida que llevamos. Eso es natural en los seres humanos. Como dice T. S. Eliot: “La especie humana no puede soportar demasiada realidad”. Precisamos evadirnos para otro lado. ¿Cómo? A través de la literatura, el cine, el amor... La realidad mata porque es tremenda, pero, al mismo tiempo, y siguiendo con lo que se afirma en El impostor, también la necesitamos.

–Después de tantos años, ¿los motivos por los que escribe siguen siendo los mismos? 
– (Piensa unos segundos). Escribir forma parte de mi vida, está muy incorporado. Me gusta mucho, es una pasión. Y una pasión significa que, a veces, es un placer muy intenso, y otras no tanto... A veces, la pasión te molesta. Pero nunca podría abandonarla. No sé qué sería de mí si eso sucediera, porque la literatura es una forma de equilibrio personal. Cuando escribo, me siento bien, creo entender mejor las cosas… En conclusión, siento que soy mejor que cuando no escribo. En ese instante, soy ciento por ciento auténtico. Eso sí que es extraordinario.

–En Anatomía de un instante cita al inolvidable Jorge Luis Borges: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es”. ¿Usted ya se enfrentó con ese momento?
–Quizá sí, tal vez no, pero no tiene que ver específicamente con la literatura. Ya tengo 55 años, así que, tarde o temprano, ese momento llega. Tengo la impresión de que sí, de que ya sé cuál es ese instante, pero a lo mejor me equivoco. Me quedan años de vida; quién sabe.

– ¿Eso lo puede saber uno o lo analiza después otro?
–Creo que, íntimamente, uno se da cuenta, aunque tarde tiempo. Nadie puede saberlo de otro; en algún caso, podría imaginarlo, pero no mucho más. Lo que pasa es que si llegas a comprobar que eres una persona que no te gusta, probablemente lo ocultes o te lo ocultes a ti mismo. Es difícil hacerse cargo de uno mismo, porque casi nunca te sientes orgulloso de lo que has hecho. A veces, sí. Por ejemplo, la escritura es muy gratificante, las cosas cobran la ilusión de un cierto sentido, y eso es muy agradable. De repente, crees saber quién eres. Cuando logro una frase bien escrita, una frase que ni siquiera yo mismo creí que podía escribir, una frase que me parece que hubiera escrito otro, entonces, digo: “Este soy yo”. Es un placer enorme.

 –En Soldados de Salamina habla del olvido, de cuándo muere efectivamente una persona y si sigue viva mientras alguien la recuerde. ¿Escribir algunas historias es hacer que esas personas sigan viviendo?
–Es una vida metafórica. Hay un poema del inglés Thomas Hardy que trata sobre eso, precisamente. Se titula “La segunda muerte” y dice que si yo me muero hoy, la gente me recordará. Tú dirás que me hiciste la entrevista y yo estaré viviendo en tu recuerdo. Esa es la primera muerte. La segunda, la definitiva, es cuando ya nadie se acuerda de ti. Digamos que, de algún modo, los muertos se aferran a la memoria de los vivos para seguir viviendo. 

–En El monarca de las sombras va más allá todavía: el hecho de que no nos morimos del todo. 
–Esto no es una iluminación metafísica sino física. Mis antepasados viven en mí: cada mañana, cuando me miro al espejo, veo a mi padre, ya que sus genes, su sangre y su carne están en mis genes, mi sangre y mi carne. Y mi abuelo también está en mí, y yo estaré en mi hijo cuando ya no esté. Este libro ahonda en el hecho de que necesitamos conocer nuestra herencia porque si la conoces, sobre todo la peor, puedes manejarla; de lo contrario, ella te maneja a ti. Quien no sabe de dónde viene no sabe adónde va. No es que seamos culpables de lo que hicieron nuestros antepasados, pero sí somos responsables, porque nos beneficiamos de ello. Imaginemos que detesto a mi padre porque fue un criminal y cometió atrocidades. Pues lo veré cada día en el espejo. Tengo que saber lo que hizo, y tengo que entenderlo. No para justificarlo, ni siquiera para perdonarlo, sino para no volver a repetirlo. Esto vale tanto para los individuos como para las comunidades.

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