Management


Con B de buenas


Por Aníbal Vattuone.


Con B de buenas
En los últimos años se multiplicaron las denominadas empresas B. Más allá de los fines de lucro, persiguen generar un cambio social, cultural y ambiental. La nueva genética económica.

A caso fue el calentamiento global, o los desastres naturales que causó. Tal vez, la humana idea de pensar en lo social, mucho más elegante que dejar una huella económica. Lo que es tangible es que, de unos años a esta parte, surgió dentro del management un movimiento que aglomera a las que se conoce como “empresas B”. Si bien se trata de compañías que se ocupan del desarrollo de su negocio y sus productos –como cualquier emprendimiento tradicional–, tienen también como misión causar un impacto positivo en la sociedad, atendiendo aspectos como lo cultural y el medio ambiente. 

“Existe una certificación basada en altos estándares internacionales, que es extendida por la organización sin fines de lucro B Lab, la cual se originó en California, Estados Unidos, en 2006. En nuestro país, desde 2012 funciona Sistema B, una ONG que representa a B Lab en Sudamérica, y que abarca destinos como Colombia, Chile, Ecuador, Paraguay, Perú, Uruguay y Brasil”, explica Luciana Aghazarian, especialista en el tema, periodista e integrante de la Consultora Mandala.

Precisamente, en la página oficial de Sistema B se puede leer: “¿Qué sentido tiene una economía que crece financieramente y que por su misma naturaleza genera inequidad, agota el agua y otros recursos, profundiza el individualismo y la exclusión de miles de personas? El encuentro surge espontáneamente cuando nos damos cuenta de que compartimos la misma búsqueda: una nueva genética económica que permita que los valores y la ética inspiren soluciones colectivas sin olvidar, al mismo tiempo, necesidades particulares, encontrando trascendencia, sentido y propósito”. 

No ser la mejor empresa del mundo, sino la mejor empresa para el mundo: ese bien podría ser el lema de estas organizaciones. A lo largo y a lo ancho del planeta, se registran 2000 en cincuenta países. Latinoamérica no se queda atrás y se muestra como una comunidad muy activa: la región ya suma más de 300 empresas certificadas. ¿Y por casa cómo andamos? En la Argentina existen 49 emprendimientos dentro de Sistema B, desde donde remarcan que el hecho de que estén certificados cumple un doble efecto, ya que, de esta forma, no solo les demuestran a sus empleados que su empresa es consecuente con sus principios, sino que, a la vez, les otorgan herramientas para que se planteen metas y avancen continuamente.

“La empresa B es rentable pero, sobre todo, es participante activo de acciones que, si bien no son afines a su propia área, son beneficiosas para la comunidad”. 
- Martín Alonso

“Nosotros nos encargamos de elaborar productos textiles, con el foco principal en las remeras de algodón orgánico. Buscamos soluciones a problemas sociales, alimenticios y ambientales”, señala Martín Alonso, gerente espiritual de Stay True. Y, sí, desde el rótulo de su cargo ya puede sospecharse cuál es el camino que recorren y cuál es el objetivo que pretenden alcanzar: “Por supuesto que la empresa B es rentable pero, sobre todo, es participante activo de acciones que, si bien no son afines a su propia compañía o área, son beneficiosas para la comunidad en general”.

Otro ejemplo, por estos pagos, es Inti Zen, productora del milenario té, que fue la tercera firma en certificar, allá por 2011. Esto demuestra que su idea de empezar el cambio viene desde hace tiempo. Guillermo Casarotti, su fundador, grafica el porqué de su decisión: “Esto es como determinar dónde van los caballos y el carro. No sé por qué, en qué momento, la sociedad comenzó a poner los caballos atrás del carro, empujándolo desde atrás y sin sentido. No nos motiva el dinero, sino el bienestar humano. Por eso resignificamos la noción de éxito. ¿Dónde está el éxito? ¿En ser el más rico del cementerio? Como emprendedores B, entendemos el éxito como sociedad y no como individuos”.

“Son compañías que creen que hay una forma más justa de vincularse con sus proveedores. Optan por hacerse cargo del destino de sus residuos y reciclar”. 
- Luciana Aghazarian
VUCA
Esta sigla en inglés (volatility, uncertainty, complexity y ambiguity) se utiliza para describir lugares que se caracterizan por una alta volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad (según la traducción al español). También, para entender la paradoja que enfrentan las empresas B: por un lado, apuntan a ser una comunidad; por el otro, a defender el precepto de que “la empresa es una máquina y hay que hacerla trabajar”.

El objetivo, entonces, es encontrar un equilibrio óptimo entre estos dos conceptos. “Son compañías que creen en que hay una forma más justa de vincularse con sus proveedores, en donde las reglas no son impuestas y la relación laboral se da según las normas de lo que se denomina ‘comercio justo’. Son empresas que, por ejemplo, optan por utilizar materia prima orgánica, hacerse cargo del destino de sus residuos, reciclar y reducir”, explica Aghazarian. 

El comercio justo, o comercio alternativo, es un movimiento internacional que tiene como finalidad mejorar el acceso al mercado de los productores más desfavorecidos. Una de las grandes novedades en este sentido es que se trata de la única red comercial en la que los intermediarios (importadoras, distribuidoras o tiendas) están dispuestos a reducir sus márgenes de ganancia para que le quede un mayor beneficio al productor.

Al comercio justo se lo valora como una alternativa ética, donde se establecen relaciones basadas en el trato directo y el respeto mutuo. Por último, el consumidor es el eslabón final que hace tangible el término justo, al ser responsable y valorar no solo el precio del objeto, sino cómo fue hecho, según qué normas ecológicas y dentro de cual o tal ámbito social. Es que, de hecho, los productos del comercio justo son productos con historia: detrás de ellos, están las manos de quienes los trabajaron, y de quienes apoyaron su realización y distribución, facilitando su posterior venta.

“Lo que debemos equiparar son los réditos económicos y los sociales”, sentencia Alonso, desde Stay True, donde se conjugan tanto las normas que corresponden al Sistema B como las del comercio justo. Fue él mismo quien, a partir de 2014, dio un giro en su vida personal y profesional con la convicción y la necesidad profunda de tener un plan que fuera más allá de hacer negocios, con la firme determinación de aportar otras alternativas posibles dentro de lo que es la industria textil. “Nosotros perseguimos fortalecer las economías regionales, a través de la contratación de pequeños talleres de confección, favoreciendo la productividad y las economías locales –explica Alonso–. Asimismo, proponemos una mejora del medio ambiente mediante la adquisición y la producción de algodón orgánico, según los principios de la agricultura regenerativa biodinámica, y empoderando a una pequeña comunidad nativa qom, de Pampa del Indio, en Chaco. Finalmente, queremos brindar seguridad alimentaria a niños, a través de la donación de alimentos orgánicos a comedores infantiles”.

“Resignificamos la noción de éxito. ¿Donde está el éxito? ¿En ser el más rico del cementerio? Como emprendedores B, entendemos el éxito como sociedad y no como individuos”.
 - Guillermo Casarotti
Ganamos todos
Lo que se debate es la multiplicación de empresas que no desarrollan los ya antiguos programas de Responsabilidad Social Empresarial, sino que desde su misión y visión abrazan objetivos sociales. “En muchos casos destinan un porcentaje de la ganancia a una ONG o al proyecto social que nace con la propia compañía, o bien establecen estrategias como que por cada producto que vendan, otro lo donan. De esta manera, hay variedad de dinámicas muy interesantes e innovadoras que se van planteando y que les otorgan a estas empresas otro sentido. No es solo engrosar nuestro bolsillo, sino que todos ganemos: la tierra, la sociedad… No tiene que haber un perdedor para que exista un ganador”, agrega Aghazarian.

Los otros grandes protagonistas de las empresas B son los millennials. No solo podría concluirse que las nuevas generaciones están involucradas en este fenómeno creciente, sino que son una parte fundamental de la movida. Esto es así porque son más conscientes que sus predecesores de la finitud de recursos y tienen una sensibilidad que los lleva a involucrarse por completo en su comunidad. 

En la actualidad, los millennials componen el 50% de la fuerza laboral. Según se desprende del sitio web de Sistema B, su comportamiento es tan clave como decisivo: “Los jóvenes más evolucionados ya no quieren trabajar solamente para ganar dinero. Ellos quieren contribuir a crear un mundo mejor, pero no como una actividad extralaboral, como hobby o porque es cool, sino en su tarea diaria, a cada instante, ya que son conscientes del espacio en el que viven y quieren mejorarlo. Las comunidades en plena evolución ya no querrán relacionarse con empresas cuyos propósitos no se conecten con los suyos, al menos en alguna medida”. 

En definitiva, esta posición de los millennials se incluye dentro del objetivo máximo –la ilusión, la fantasía– de las empresas B: cambiar el mundo. “Surge de añadir almas a la causa, ya que sumando las partes el impacto es posible”, concluye, optimista, Alonso.

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